viernes, 22 de mayo de 2009

De cómo K. no se dejó vencer por el miedo





Cuando aquél dia, un Domingo cualquiera tan aburrido como todos y cada uno de los tediosos Domingos, aquel individuo anodino y normal, al que llamaremos K. perdió la inspiración, decidió que era mejor volverse loco que no volver a recuperar su pluma.

K. guardó su maquina de escribir, pues era un tipo clásico que a pesar de los avances tecnológicos seguía usando aquella "Underwood five" que tan buenos resultados le había reportado hasta el momento, y abandonó su sueño,y así, decidido y sin pensárselo dos veces, se centro en su tediosa vida de persona normal.

Así K. decidió, en primer lugar, centrarse en la búsqueda del amor, aquél sobre el que tanto habían versado aquellos relatos cortos y sórdidos que nunca nadie había llegado a leer, y como os podeís imaginar fracasó en el intento,al darse cuenta de que no había mujer a la altura de sus grandes expectativas, porque además de cobardica y holgazán, K. era muy exigente, mucho. Además K. no había amado más que por intervalos de horas a aquellas señoritas que se prestaban a acompañarle por una buena suma de dinero, lo cual además de vulgar, le pareció tan lamentable que decidió no pensar más en el tema por un tiempo, el menos el suficiente que pudiera prescindir de su compañía, estaba claro.


Entonces nuestro querido K, se centró en su anodino y vulgar trabajo de contable, y como era de esperar, lo encontró vomitivo, y la verdad que el propio nombre de su oficio no sugiere diversión, para que nos lo vamos a negar. Así que a las 12 pm corría dirección a su casa, con el rabo entre las piernas, en búsqueda de aquella KMK-678 con la que había decidido poner fin a su patética vida, porque como hasta ahora habeís podido comprobar hasta el momento, K. rezumaba valentía, además de ese curioso olor a Hugo Boss.

De repente aquella farola mal escondida entre la maleza, golpeó la cabeza de K. o más bien, la estupidez de K. golpeó aquella farola terriblemente mal colocada a posta por nuestro autor, y entonces éste tuvo la suerte de poder escuchar a la voz de su conciencia, que decidió hablarle en lo que duraba el estado incosciente consecuencia del porrazo. Y aunque no sabemos que le diría, porque aunque narrador, no me correspondió el papel de omnisciente, el caso es que K. no llegó a tocar el arma controvertida y volvió a su trabajo alegando malestar.

Aquella tarde K. volvió a escribir, y aunque no encontró el amor y no comió perdices, porque desgraciadamente la mayor parte de las historias no acaban tan bien como nos gustaría, se convirtió en un autor modesto de cierto renombre, cuyas obras se vendían como rosquillas y pudo dejar su horrible trabajo,su horrible jefe y su horrible mesa y comprarse un ordenador, tan modesto como su trabajo.

K. dejó de frecuentar a aquellas señoritas,al menos asiduamente y no se compró un gato, se compró cuatro, además de una playstation y varios manuales de autoayuda, que no, no dieron resultado. Pero ahora K era un hombre feliz; feliz por no haber sido lo suficientemente gilipollas como para no haber intentado cambiar, feliz porque había cumplido su sueño y porque en un relato se referían a él como si de un personaje del mismo proceso Kafkiano se tratara.

Y aunque de moraleja obvia, esta historia no fue escrita por el propio K. que jamás se refirió a su incidente, cuando en aquellas entrevistas que solía conceder en aquél viejo café de aspecto retro, (no podía remediarlo) le preguntaban qué consejos habría de dar, a los que como el querían dejar un hueco en la historia contando sus propias andanzas, K. siempre respondía que nunca nunca, abandonaran sus sueños, sobre todo si intentaran cumplirlos en Domingo.

1 comentario:

Buscando un lugar dijo...

he cotillado tus gustos musicales, joder, me gustan todos los que a ti :)


jajaja


viva la casa azul por encima de todo. AMEN.