miércoles, 29 de julio de 2009

Amelia, o la niña que soñó con Franz Kafka






Una, dos, tres y cuatro, ya solo Quedaban cinco páginas para terminar...cuando la venció el sueño, y ¡ Bang ! Sonó un gran estruendo, un estallido infernal, casi comparable a la explosión de una bomba de nitrógeno. Y entonces Amelia descubrió que ya no se encontraba en casa.

Salió a la calle, no podía recordar qué extraño lugar era aquél en el que estaba, rodeada de folios, tinta china, un suelo de madera empeñado en crujir maléficamente a cada paso que daba y un hombre enjuto, moreno de piel, de aspecto serio sentado a su lado, escribiendo frenéticamente en un pequeño cuaderno. Y no pudo sorprenderla más aquello que vió, porque aquel individuo no parecía verla a ella, tan absorto como estaba plasmando con avidez sus pensamientos en el papel de aquello que parecía un diario. Fascinante.

La ciudad en la que estaba no era la suya, en absoluto. Calles adoquinadas y pintorescas por las que paseaban curiosos individuos se vislumbraban desde la modesta puerta. Edificios grandiosos de una elegancia inimaginable. Individuos engalanados paseando a orillas de aquel río Moldava que irremediablemente hizo sonar en su mente las notas de la composición de Smetana que estudió en música tiempo atrás. ¿Era posible que se encontrara allí, el lugar que siempre soñó con pisar? Tampoco iba a desperdiciar el escaso tiempo de un sueño en buscar respuestas a estúpidos interrogantes, así que se dedicó a explorar aquel ficticio lugar que seguramente no se correspondiera con la ciudad real, pero que a fín de cuentas resultaba igualmente fabulosa.

Y volvió sobre sus pasos despues de un corto paseo para poder vislumbrar desde la puerta su amada silueta. "Hete aquí tu amado escritor"-susurró su conciencia, también impaciente por conocer aquella fascinante personalidad sobre la que tanto había leido, con la que tanto habría sufrido, y llorado en silencio por el absurdo vacío que le evocaba la soledad que impregnaba sus relatos, temblando de nervios por su proximidad. Y le observó, le miró hasta casi desgastarle con la mirada y de su garganta no salió palabra alguna. Era su sueño si,¿pero hasta qué punto estaba dispuesta a profanarlo? No era de esas, ¿Para qué compartir absurdas palabras sin sentido que en ningún caso podrían expresar suficiente admiración pudiendo compartir la intimidad de la creación literaria? Era un momento mágico, ver como salían a la luz tantos y tantos pensamientos inquietantes y trágicos, pero a la vez tan reales.



Y de repente todo se volvió negro. Fue como en las películas, un fundido a negro repentino a la par que previsible, en el mejor momento de la película. Aunque en un instante fugaz pudo ver desaparecer ante sus ojos la habitación, la lamparilla, la mesa escritorio y hasta su sonrisa de concentración,- quién lo hubiera dicho de aquel tipo, que había dejado sin lágrimas tantas cuencas de ojos y había roto tantos corazones con sus cartas de amor egoista-, en el fondo seguro que era feliz depositando sus frustaciones de una manera tan poética, sabedor de su éxito post-mortem. Era una gran forma de despedirse de una vida y pasar a otra, inmortal.


Quince años después paseaba por el gran cementerio judío, y colocó una piedra sobre la tumba. Era una costumbre para honrar a los seres queridos, y él era algo similar, un amor platónico, una estrella que brillaba mucho más que cualquier otra en el firmamento. Y ella nunca jamás olvidó aquel sueño. Todas las noches siempre antes de apagar la bombilla de su cuarto, leía un fragmento de sus diarios, y se iba a dormir. Sabía que su espíritu se lo agradecía.

No hay comentarios: