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viernes, 16 de octubre de 2009

Aquel día, aquella tarde de Febrero, te escribí






Era gracioso observarle remover el azúcar de su café lentamente, mientras esbozaba una de esas sonrisas que tanto solían divertirme. Murmuraba incoherencias, frases para salir al paso después del paréntesis temporal en nuestra relación amistosa y aunque titubeaba constantemente, su mirada de inocencia revelaba que estaba pensando justamente en aquello mismo que yo no pensaba comentar, aquel motivo por el cual la nostalgia reinaba en el ambiente.
Tenía algo olvidada su sonrisa, y cuando sus dientecillos descolocados se atrevieron a asomar un poco a través de aquellos labios que yo siempre solía comparar con los de Scarlett Johannson, pude contagiarme de su ánimo a pesar de las últimas noticias, y me apercibí de lo mucho que me habría ayudado a salir del paso días atrás, en mis patéticos intentos de autoconsuelo .

Habíamos pasado muchas cosas juntos, quizá más de las que él sabría jamás, porque me había acompañado en los años más convulsos de mi existencia. Las anécdotas eran ciento y un mil, pero mayor era el número de recuerdos que su presencia me evocaba, era inevitable pensar que una parte de mi había crecido junto a él aunque nunca ninguno nos hubiéramos dado cuenta.

Aquella época de transición, en la que de lejos camino al colegio observaba de lejos sus pasos mientras el rubor provocado por lo poco casual de nuestros encuentros,se extendía por mis mejillas, había pasado hace mucho, pero todavía persistía parte de la sensación que me provocaban aquellos momentos cuando su mirada azul me miraba extrañada en los largos paseos de tardes estivales.

Es curioso que el tiempo pase y sin embargo todo permanezca igual que aquella tarde, de conversaciones espontáneas y nieblas otoñales que fue el principio de todo.

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