jueves, 14 de enero de 2010

All those years ago






Paseo despacio, y mientras tanto, la limpieza del cielo, su azul despejado del que ya no se deducen las nubes cargadas de lluvia de días pasados, me recuerda algo. Tras un fundido a blanco que me sorprende bruscamente, la calle desaparece, el presente se desvanece y los árboles se desdibujan entre ondas de niebla.

No se cuantos años han pasado desde entonces, pero lo recuerdo tal cual, la melena revuelta, las manos en los bolsillos, pantalones cortos de niña y un olor a cesped recién cortado, precisamente el que me ha llevado de nuevo a ese momento concreto. Alta, regordeta, bastante estrambótica, con la cabeza probablemente ya plagada de pájaros, ahí está, o mejor dicho estoy, rodeada de niños con caras borrosas. Ellos podrían haber sido cualquiera de todos los que pasaron por mi vida aquellos días,no fueron importantes posteriormente y ya nadie los recuerda, nada más que para mencionar escenas cómicas que no necesitaron de nombres concretos, y por eso éstos niños sin nombre, libres y despreocupados juguetean entre borrones de mi memoria a mi alrededor aquellos tiempos bastante más felices.

Su infancia, la de esa niña que a la vez soy yo, fue feliz, mucho. A diferencia de otras personas que maduran demasiado pronto asumiendo retos de otro, yo me hice bastante la remolona a la hora de crecer, y por eso no conservo memorias de adulto, no en vano aún no he llegado a esa etapa de mi vida. No conservo demasiados malos recuerdos,aunque rebusque ,porque los que conservo están bastante adulterados, corrompidos por la nostalgia y lo sobrevalorado del pasado, como nos suele suceder a la mayoría, pero lo que sí se es que la clave de toda esa felicidad se encuentra en una cosa, que cuando era niña siempre había música, por todas partes; al llegar a casa, por la noche, las tardes de lluvia y los paseos por la calle, siempre una canción, un gesto cantarín, la melodía de una película o la canción de un personaje animado, nunca faltaban notas simpáticas sonando sin parar, y como la música siempre alegra los corazones, mi corazón gentil de niña siempre sonreía.

Mamá cantaba, tocaba la guitarra, -afición que nadie más heredó-, mientras lo embarazoso de la situación siempre lograba superarme. Estoy ahí mientras por un largo paseo rectilíneo todos caminan entonando a coro la canción de Anastasia, esa película que me encantaba, aunque yo detrás, mirada esquiva y cabeza gacha, los miro anonadados rogando a la tierra que me trague sin compasión, no quiero espectáculos callejeros, porque de aquellas no sabía yo que serían aquellos momentos clave los que más echaría de menos después, con esa vitalidad y ese espíritu prácticamente mágico que me haría imposible oir tantas y tantas canciones años después, porque lo que tampoco sabía es que las cosas iban a acabar tan pronto, y sobre todo tan mal.

Pero lo demás también fue feliz, hasta la espera. Las hojas que caen también me recuerdan aquellos años previos, los más estúpidos, en los que solo importaba que alguien te diera un beso, saber lo que era el amor, o sentirte alguien no lo suficientemente fea para poder descrifrar por un instante el sabor de la vida,que sin embargo nunca encontré en besos vacíos. Pasarían años hasta aquella noche que nunca olvido y en la que ahora me encuentro, lo suficientemente borracha como para apartar estúpidos traumas, me lanzara sin condiciones a una boca que no me correspondía y de la que solo pude desentrañar el sabor amargo del vodka y el dolor de la pérdida de la inocencia firmemente consolidada, que se fue perdiendo después en muchas otras bocas sin significado, y en miles de anécdotas obscenas para olvidar, de las cuales no recuerdo prácticamente nada. Esta chica, vacía, yerma, perdida es diferente. De ella guardo otro recuerdo porque casi no quiero recordarla, gastó su protagonismo tempranamente con complejos, y más complejos que enturbian su imagen,una adolescencia impregnada en sus huesos y la mirada un poco triste de quién no encuentra lo que aún no está preparada para buscar, pero aún después de todo verla tan desprotegida me enternece, en el fondo su corazón era puro, o tan puro como puede ser el corazón de un ser tan desesperado, aterrado y triste del que se ríen todos los demás, verla desde fuera es muy diferente.


La de hoy, la última, es otra chica diferente, la que pasea. No se parece a la pequeña de ojos diminutos que juega entre renacuajos, ni a aquella otra vestida de negro y sentada en una bañera, su mirada se ha hecho enorme y su inocencia merma a cada paso, pero recupera su optimismo con cada canción alegre, como cuando estaba mamá. Su recuerdo, el último que me hace divagar es diferente y es el más triste de todos. Una habitación silenciosa, la misma en que murieron todos los recuerdos felices, donde resuena el eco de las lágrimas de los presentes y la respiración apagada que procede de su propio cuerpo, una bombilla que parpadea, el oxígeno que se agota y unas imágenes que se suceden atropelladamente, feas, para olvidar. En la habitación, o en el recuerdo, ahora son lo mismo, se suceden todos y cada uno de las memorias, desde las más procaces a las más entrañables, y todas lloran, o lloro yo cuando las veo de nuevo, no es fácil asimilar que la felicidad se pueda ir de golpe sin avisar.



Vuelvo finalmente al cielo despejado que me hizo llorar. Todos esos años, todas esas pequeñas cosas me han llevado a ese paseo repleto de árboles, pero ni siquiera me encuentro allí, ahora es mucho más fácil buscarse en las caras de otras chicas que ya se fueron, en concreto de esa chica rubia y sonriente que me arrancó el corazón y lo subió al cielo, con las nubes que han volado. Suena " I will" y pienso por un momento que a pesar de todo el mundo es maravilloso cuando Paul McCartney canta esa canción, el amor vuelve a ser amor, mis lágrimas se derraman alegres mientras la sangre se concentra en mis mofletes que enrojecen contentos y sigo sintiendo que estoy viva. Quizá algún día otro olor, otra escena me devuelva a ese momento y aunque me pregunto que chica veré allí, espero que esa chica haya cumplido todos sus sueños. Ahora la imagino con el pelo corto y el flequillo despuntado sobre los ojos, tocando la guitarra de mamá, escuchando a los Beatles, ójala el tiempo no borre sus sueños demasiado pronto.

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