sábado, 11 de septiembre de 2010

Somewhere





Cuándo menos te lo esperas encuentras una ilusión, es inevitable, nadie vive con los ojos cerrados toda la vida porque al final siempre hay cierta curiosidad por saber cómo es la luz. Todos estamos preparados para sufrir y aunque nadie nos enseñe, mentalizados para lo peor, nunca somos conscientes de que una vez en el fondo, solo queda subir a flote.

Yo tardé en subir, lo reconozco, ni siquiera creía que fuera posible. Pero aún aquella noche, agarrada a aquel licor, con el alcohol recorriendo mis venas y el regusto amargo de una traición que no dolía en absoluto, pude ver que era verdad lo que decían.

Tantos miedos, la inquietud, tanta tensión metida a presión en un cuerpo tan pequeño tenían que salir por algún lado, aunque hubieran tardado. Y es que mi ilusión era pequeña y mi orgullo después del tiempo se había vuelto minúsculo,como mi dignidad, mi estima-Solo necesitaba un empujón, una pequeña caricia para empezar a dejarlos moverse. No sabía que estaba así, sola a pesar de todo, y sobre todo tan necesitada de algo que parecía no llegar, hasta darme cuenta en aquél momento de que necesitaba de ese tacto hasta temblar. No era amor desde luego, solo ilusión materializada en una de esas almas gemelas que a veces dicen que encuentras. Pasan una vez y luego se van, y si las fuerzas dejan de serlo. La magia surge de la casualidad.

Aquella noche me disfracé de otra persona. Quizá no me disfrazara y estuviera allí dentro, fuera una "Yo" muy escondida que había dejado de ensayar por un momento el papel de una vida, pero allí estaba. Quizá solo era parte de ese proceso que llaman "crecer" y a veces aún mayores nos empeñamos en parar.

Aquella noche no era yo, sino el alcohol que devoró mis complejos y me tragó entera, dejándome desnuda. A la luz del halógeno intermitente, no era una persona, más bien un simple alma que vomitaba vitalidad y se llevaba toda la atención de la que había prescindido durante tiempo. Desde luego allí había algo, alguien, debajo de todo ese montón de miedos, que desaparecían con aquél líquido milagroso de la verdad, que hacía olvidar absurdas reglas sociales, gustos, complejos y nos devolvía a todos a una misma condición sincera.

Cuándo abrí los ojos ví todo lo que me había perdido. Sólo hacía falta un pequeño golpe de suerte. Un beso, aquél beso. Todo ha cambiado desde entonces.

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