sábado, 26 de octubre de 2013

Anecdotario



Tendemos a sobredimensionar los recuerdos, a darles una importancia que en su momento no tuvieron y a glorificarlos por encima del futuro y del presente. A mi me pasa un poco eso cuando echo la vista atrás y me acuerdo de cuando empecé la carrera, con diecisiete años y una inocencia descomunal y las ideas que me metían en mi cabeza mis amigas sobre los amoríos, la primera vez , aquellos comentarios soeces sobre perder la virginidad con el profesor de derecho romano en la mesa de su despacho, que en teoría sería un hombre de escándalo y no aquel numerario que utilizaba demasiadas veces la palabra "Caracoles" y que sin necesidad de nada, me puso una matrícula. Esa persona que era en aquel momento, ahora no existe y por eso, como es lógico, la echo de menos, aunque quizá no sus decisiones.

Con los textos de la oposición encima de la mesa, me acuerdo con bastante nostalgia de las primeras lecciones de penal, con un profesor que se parecía a Grissom y que nos explicaba con rapidez el concepto de delito como " acción típica antijurídica y culpable"; conceptos que nos sonaban a chino mandarín y sinceramente nos importaban medio comino porque nosotros en esos momentos solo pensábamos en chuscar. No hay  facultad con mayor nivel de hormonación en la península. Me acuerdo de ese extraño híbrido que se sentaba delante de mi con un polo de Ralph Lauren y un tatuaje enorme en la espalda como si lo estuviera viendo ahora porque fue la primera obsesión de muchas: le llamábamos "Alex Ubago" y no había ninguna amiga mia que no quisiera tener relación con el, y no de pura palabra. Duró en la facultad cinco días. Aún hoy no entiendo como podía estudiar con semejante carga de hormonas a mi espalda. No entiendo como podía levantarme de la silla siquiera y llevar una vida normal, porque al evocar esos momentos, más que de leyes, me acuerdo de hombres y compañeros. Pero es lo normal, estábamos en la edad. Al menos yo, no se los demás.

Con los años, estoy convencida de que habría hecho mejor en estudiar otra cosa, cualquier otra que me hubiera gustado un poco más, pero no cambiaría ninguna anécdota. La mayoría de vosotros os acordaréis de "La lerda" que hacía honor a su buen mote, aquella niña, -porque era una niña mental-, que llevaba tanto pote naranja que cuando se le caía, en vez de lavarse la cara se lo cubría por encima e iba rellenando las grietas que se le abrían, como si fuera la obra de un albañil. Estoy convencida de que terminó la carrera con la misma base del primer día. Un día "la lerda",en tercero de carrera, apareció con su novio francés de diecisiete años, al que había engañado diciéndole que tenía la misma edad y que derecho era un instituto. Recuerdo la expresión de incredulidad del chaval cuándo observaba en la clase personas de entre veinte y cincuenta años y que concretamente a mí me echaba dieciséis. Como de aquellas yo ya llevaba la raya del ojo bien marcada, se fue pensando que era gótica y mi facultad un jeriátrico. Pero que le vamos a hacer.

También había un chico muy guapo que se sentaba al lado mio en civil de segundo. Todas las mañanas, le miraba de reojo (porque yo más que pensar en "obligaciones y contratos" me imaginaba como sería por debajo de ese chaleco rojo a lo Marty McFly -vocación creo que lo llaman-) y me alegraba la primera hora. Pasé un año entero enamorada de sus ojos verdes hasta que un día en el descanso se nos acercó para preguntar una duda absurda y me di cuenta de que, por muy raro que pareciera se había fijado en mi. A los pocos días le comentó a mi mejor amiga que le recordaba a la Virgen María y a Copito de Nieve -nunca se supo si la oveja o el mono- y que le gustaba mucho. Imaginad mi cara, la cara del pardillismo, de la inocencia, la inexperiencia y pensad en mis hormonas en plena evolución -Ellas ya lógicamente hacían una fiesta por mi futuro y mi vida sexual que seguiría siendo durante mucho tiempo igual que la de Lina Morgan). Le di mi móvil. El chico, a los dos días me acosaba a toques, mensajes y quería quedar a toda costa. Me seguía por la facultad y se presentó en mi ciudad el día de mi cumpleaños. Me dijo que tenía cáncer, poniéndoselo de estado en el Messenger con una carita triste y acabó metiéndose en el seminario y a opositor. Nunca jamás volví a confiar en el ser humano y mucho menos en las tácticas de ligue de los menores de veinte. Aún menos en mis amigas y sus consejos sobre las relaciones con profesores porque todo me salía rana. Y me seguiría saliendo bastante más tiempo...pero bueno.

Está visto que los compañeros más curiosos eran los perturbados. El paralítico que llevaba diez años en la carrera y pedía dinero a todo el mundo en el descansillo para acabar comiéndose unos bocadillos del tamaño de un estadio de fútbol a costa de todos en todas las cafeterias de los alrededores, aquel chico que siempre comentaba que en algún momento yo llegaría a la facultad y me cargaría a todos con una metralleta, el que se vestía del capitán pescanova, "Pertu", y el chico de la melena que repetía una y otra vez la frase..." Yo no sé nada. Tú sabes algo ? Alguien sabe algo?"...la lerda claro, y mi amiga la bisexual que oía siempre lo contrario que le decías -("Quiero ser abogado" ¿Qué quieres una mamada?")... Entre otros muchos. Resulta curioso que de entre tantos chicos y tantas obsesiones yo acabara saliendo con aquel que menos falta me hacía, pero eso es otra historia que ya contaré otro día. Para eso están las decisiones y el dolor tiene que formar parte necesariamente de nuestra vida.Porque lo mejor que me ha pasado nunca, es pasarme los cinco años de universidad soltera, obsesionada y enamorada cada día, cada año, de un chico o de una historia distinta. Y lo mejor  fue aquel chico de primero de carrera, de gafas y ojos azules, que amaba "El padrino" de Mario Puzo y me animaba con mi página web sobre Hobbits cuándo no tenía otra cosa en la que pensar. Porque me hizo escribir y me hizo crecer y darme cuenta de muchas cosas. De que al final lo del derecho era una excusa para pasarme veinticuatro horas pensando en relaciones amorosas y divagando eternamente, que a veces parece que no hay diferencia entre el amor y pensar con las partes íntimas, aunque claro que la hay y que algún día seré una versión menos elegante de Danielle Steel y Lena Dunham.

Y el resultado es la magnificación. Las clases, los compañeros, las anécdotas, el amor y hasta las primeras veces. A día de hoy no habría hecho ni la mitad de cosas y habría convencido a mis amigas de que me animaran a seducir a algún que otro profesor de civil pero el riesgo no forma parte de mi vida...que en líneas generales ha sido bastante aburrida. Pero en mi mente es todo mucho más bonito. Y cuándo todos estos recuerdos me embargan me sigo preguntando como pude acabar la carrera, o como pude siquiera estudiar, con tantos pájaros en la cabeza. Bendita inocencia, benditos recuerdos, benditos todos los que me distéis tanto en lo que pensar.