La mayor parte de días, me cuesta un mundo levantarme. No encuentro razones para no hacer de mi cama un pequeño ataud al que ligarme de por vida. Pienso en los demás y siento de verdad que sería duro, pero lo mejor.¿qué aporta mi presencia al mundo?
Cuando lo hago me miro al espejo. No reconozco lo que veo y siento pena de lo que soy. No me gusta mi pelo, no me gusta mi cara, no me gusta mi cuerpo y no se me ocurre ningún rasgo que pueda salvar. Odio cada parte de mi, me odio.
Intento cubrirme como puedo, ya no sé como más taparme. El flequillo oculta mis ojos, no lo suficiente, y no encuentro más ropa que no deje ver más de lo que quiero, que ya es mucho.
Mi mente se asemeja mucho a una colmena de abejas, con un zumbido incesante que no me deja oir nada más. Y lo intento, ser amable, dar un consejo que a alguien no le haga sentir como si este día no fuera otro día más en el infierno. Intento reir y ser simpática, intento que duela menos pero esta aguja que tengo en el pecho ya está dentro del todo y solo me deja respirar a ratos.
Inhalo, exhalo, me imagino como será no sentir y la idea de otra vida se me antoja una tortura. Ya ni el recuerdo de mamá me hace sostenerme.
Me siento sola entre todas esas abejas que pululan alrededor y que solo sienten indiferencia hacia mi porque soy una más. Cada uno tiene lo suyo.
Pienso en Mateo. Mateo me da ganas de respirar. Pero ese consuelo es demasiado corto. Pienso en esta vida vacía a la que me han llevado muchas malas decisiones, mías y de otros.
Pienso en lo que pudo haber sido y doy gracias a Dios de lo que no me dio. Se habría podrido. Como yo.
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