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Se que durante años vagué sin rumbo, dándome cabezazos contra la pared, queriendo lo imposible. Te veía tan cerca, puro, tan de ver...

miércoles, 29 de julio de 2009

Amelia, o la niña que soñó con Franz Kafka






Una, dos, tres y cuatro, ya solo Quedaban cinco páginas para terminar...cuando la venció el sueño, y ¡ Bang ! Sonó un gran estruendo, un estallido infernal, casi comparable a la explosión de una bomba de nitrógeno. Y entonces Amelia descubrió que ya no se encontraba en casa.

Salió a la calle, no podía recordar qué extraño lugar era aquél en el que estaba, rodeada de folios, tinta china, un suelo de madera empeñado en crujir maléficamente a cada paso que daba y un hombre enjuto, moreno de piel, de aspecto serio sentado a su lado, escribiendo frenéticamente en un pequeño cuaderno. Y no pudo sorprenderla más aquello que vió, porque aquel individuo no parecía verla a ella, tan absorto como estaba plasmando con avidez sus pensamientos en el papel de aquello que parecía un diario. Fascinante.

La ciudad en la que estaba no era la suya, en absoluto. Calles adoquinadas y pintorescas por las que paseaban curiosos individuos se vislumbraban desde la modesta puerta. Edificios grandiosos de una elegancia inimaginable. Individuos engalanados paseando a orillas de aquel río Moldava que irremediablemente hizo sonar en su mente las notas de la composición de Smetana que estudió en música tiempo atrás. ¿Era posible que se encontrara allí, el lugar que siempre soñó con pisar? Tampoco iba a desperdiciar el escaso tiempo de un sueño en buscar respuestas a estúpidos interrogantes, así que se dedicó a explorar aquel ficticio lugar que seguramente no se correspondiera con la ciudad real, pero que a fín de cuentas resultaba igualmente fabulosa.

Y volvió sobre sus pasos despues de un corto paseo para poder vislumbrar desde la puerta su amada silueta. "Hete aquí tu amado escritor"-susurró su conciencia, también impaciente por conocer aquella fascinante personalidad sobre la que tanto había leido, con la que tanto habría sufrido, y llorado en silencio por el absurdo vacío que le evocaba la soledad que impregnaba sus relatos, temblando de nervios por su proximidad. Y le observó, le miró hasta casi desgastarle con la mirada y de su garganta no salió palabra alguna. Era su sueño si,¿pero hasta qué punto estaba dispuesta a profanarlo? No era de esas, ¿Para qué compartir absurdas palabras sin sentido que en ningún caso podrían expresar suficiente admiración pudiendo compartir la intimidad de la creación literaria? Era un momento mágico, ver como salían a la luz tantos y tantos pensamientos inquietantes y trágicos, pero a la vez tan reales.



Y de repente todo se volvió negro. Fue como en las películas, un fundido a negro repentino a la par que previsible, en el mejor momento de la película. Aunque en un instante fugaz pudo ver desaparecer ante sus ojos la habitación, la lamparilla, la mesa escritorio y hasta su sonrisa de concentración,- quién lo hubiera dicho de aquel tipo, que había dejado sin lágrimas tantas cuencas de ojos y había roto tantos corazones con sus cartas de amor egoista-, en el fondo seguro que era feliz depositando sus frustaciones de una manera tan poética, sabedor de su éxito post-mortem. Era una gran forma de despedirse de una vida y pasar a otra, inmortal.


Quince años después paseaba por el gran cementerio judío, y colocó una piedra sobre la tumba. Era una costumbre para honrar a los seres queridos, y él era algo similar, un amor platónico, una estrella que brillaba mucho más que cualquier otra en el firmamento. Y ella nunca jamás olvidó aquel sueño. Todas las noches siempre antes de apagar la bombilla de su cuarto, leía un fragmento de sus diarios, y se iba a dormir. Sabía que su espíritu se lo agradecía.

martes, 28 de julio de 2009

El adiós


Nunca había experimentado una sensación tan agradable. Andaba ligera pero con cuidado, mientras las piedrecitas que cubrían las escaleras se escurrían debajo de sus sandalias y el musgo fresco se colaba entre los dedos desnudos de sus pies en aquel camino que zigzageaba a la orilla del puerto. Llevaba su libreta y unos cuántos lápices afilados, quizá demasiados, nunca se sabía para que podrían ser utilizados y mientras paseaba a ritmo pausado para retrasar su objetivo, escuchaba música con total concentración. Había escogido cuidadosamente cada tema, canciones ni muy lentas ni demasiado rápidas que sonaba lo suficientemente altas como para mantener al margen cualquier pensamiento irreverente, no era el momento oportuno para divagaciones, no al menos hasta que hubiera llegado a su destino.

A pesar de su paso relajado alcanzó pronto la cima del monte, rodeada de furiosa vegetación, era sorprendente lo salvajemente que crecía el follaje en aquel páramo dotado de la apariencia de una jungla en miniatura,dónde las frecuentes lluvias habían creado una atmósfera lo bastante deprimente como para lograr convertir a un optimista en poco tiempo. Allí los días eran oscuros, y había una humedad pegajosa que lograba entumecer hasta el alma,idónea para aquel montículo repleto de lápidas mohosas y desgastadaa por el paso del tiempo, idílico para cualquier película de terror de los años 70, pero demasiado triste para los que estaban allí, regodeándose en la tristeza de aquellas lágrimas húmedas que nunca cesaban.

No se había preparado demasiado para aquel reencuentro, no tenía la ropa adecuada, no había preparado el discurso perfecto y ni siquiera sabía como podría reaccionar pero ya se había prolongado demasiado en el tiempo. Parecía una lunática, tenía el pelo revuelto, humedecido recogido en un moño alto, unos pantalones rotos por cuyas rendijas de tela se colaban los silbidos del viento frío, unas zapatillas desvencijadas, y lucía aquellas gafas de concha suyas que tanto sorprendían en un pueblo donde jamás brillaba el sol, y no podía parar de preguntarse para sus adentros si su madre habría logrado reconocerla con aquella extraña pinta de vagabunda y con esos churretones en la mejilla probablemente del torrente de rimmel que a cada paso que daba lloraban sus ojos; aunque en aquel momento aquello importara muy poco, porque aquél no era un reencuentro convencional. Ya no podía ni recordar el tiempo que llevaba muerta su madre.

Y todavía la recordaba, en la medida en que se recuerda a los ausentes, con los recuerdos engrandecidos, borrosos, emocionantes y cargados de lágrimas. Se había olvidado de algunas cosas; de su olor, de sus regañinas, de sus defectos, otras sin embargo no las olvidaba porque las ignoraba, demasiadas cosas se habían quedado sin decir , y las últimas, las que recordaba, martilleaban su alma tan fuerte que a veces la asustaban, no había dolor físico comparable, y eso que habían pasado muchos años ya, años que lejos de consolarla, no hacían más que acrecentar la sensación de desconsolada tristeza, las dudas y el miedo.

Y andando en círculos la encontró.Al fondo, oculta entre la maleza, reposaba la losa en la hierba, como si aquel hubiera sido un lugar predestinado para ella o hubiera alguna extraña magia que hubiera dirigido su mirada hacia allí, hacia aquella zona sumida en un sepulcral silencio donde estaba su recuerdo,o lo que quedaba del recuerdo que todo el mundo desea olvidar.

Las letras, que descubrió con cuidado barriendo el polvo con la mano, estaban casi borrosas pero seguían rezumabdo momentos pasados. Ya casi no se distinguía el nombre, solo una fecha imposible que no lograba recordar cubierta de flores salvajes, flores que crecían por todas partes,precisamente en aquella losa, como por casualidad. Y fue a sentarse justo enfrente de la tapia desde la que se veía corretear a cientos de lagartijas de tamaños inimaginables, mientras escribía, hablaba,dibujaba, se encontraba con ese dios de las pequeñas cosas que a veces parece guiar a las personas perdidas en su búsqueda del sentido de la vida.

Y allí, entre trinos alegres fuera de lugar, divisó una pequeña forma de vida entre la bruma, una mariposa que podría ser quizá una polilla colorida o un papel distraido, pero al menos era consolador saber que no estaba sola entre suspiros de Dios. Se preguntó entonces, para sí, cuántas almas se pasearían alegremente por ahí, pues casi podía sentir su presencia, similar a las ráfagas de viento invernal en una nuca desnuda. Había tantas que no habrían cabido en el recinto en fila india, relegadas a aquel pequeño jardín escondido en la cima. La gente no quiere recordar sus tristezas y las esconde- pensó- pero éstas nunca se van, si no que siguen presentes a pesar de nuestro engaño.

Pero ella sólo quería hablar con una en concreto, no había hecho un viaje tan largo para vislumbrar tumbas derruidas. Y no sabía como hacerlo,era difícil hacerse a la idea de que en aquel pequeño agujero pudiera haber enterrados tantos años, con el solo esfuerzo de un empujón de pala, era extraño, porque a pesar de todo aquellos años volvían a ella con un simple pestañeo ocular.

Y depositó aquella carta sobre la losa sin preocuparse de lo que podría ser de ella mientras revoloteaba juguetonamente con el viento, nunca pensó que una carta sin destinatario pudiera ser la más difícil de su vida, pero así fue. Y no pudo más que acariciar con cariño aquella piedra inerte que tanto pavor le había dado antaño, como acariciaba su espalda tiempo atrás, en señal de gratitud, y despedida. No volvería a pisar aquel lugar. Y se río forzadamente, siempre le habían dicho que había que tener miedo de los vivos y no de los muertos, y solo allí a la vista de aquel prado callado pudo comprender el alcance de la afirmación.

Allí no quedaba nada, su madre ya no estaba ahí. Y aunque no creía en el cielo,si creía en el poder de sus recuerdos, y éstos existirían mientras ella siguiera con vida; después a nadie podría importarle si se echaban a perder, puede que otros las recordaran otros quizá no, pero seguirían juntas en algún lugar, se lo había jurado en aquella misiva.


Al final el sueño logró vencerla. Otros quizá no se hubieran atrevido a descansar en un lugar como aquel, ella sin embargo se sintió arropada por los susurros de paz y sosiego, por la tranquilidad de su conciencia liberada. Y aunque no lo notó, hubo una mano invisible que por temor a despertarla casi rozó su pelo, una mano invisible que hizo volar aquel papel hacia lo eterno, que esparció los lapiceros por el suelo y se despidió.

Hacía frío aquella noche, sin embargo las estrellas brillaban intensamente en el puerto, más que nunca.

viernes, 24 de julio de 2009

Canción de cuna


Fue el contenido de esa furtiva misiva que le entregó el recepcionista el que provocó aquella extraña reacción. De repente sus pupilas, ya de por sí grandes por el tamaño de sus ojos, se dilataron extrañamente y sus manos comenzaron a temblar mientras como poseida por una curiosa fuerza comenzó a dar vueltas alrededor de la galería. Parecía que aquella carta llegaba en un momento poco adecuado, o tarde, lo cuál no sería de extrañar si tomamos en consideración que eso pasa con la mayor parte de las cosas en esta vida, y aunque todo eso podría haberlo deducido un observador imparcial de su nervioso comportamiento, la situación era de lo más estrambótica, rodeada de tantos personajes variopintos como los que se acumulaban a su alrededor.

Y no, no podría haber llegado en un momento peor o de haber sido así,muy rebuscado habría sido encontrar otra situación menos incómoda. Aquella mañana de Sábado compungido estaba muy nerviosa, más de lo habitual. Por fín, despues de varios intentos infructuosos se había decidido de una vez por todas a abandonar aquellas pastillas, los fármacos de bajo coste eran su perdición. La intensidad de los ataques de ansiedad de los últimos días no parecía tener cura y sólo encontraba cierto alivio en aquellos cigarros de medianoche cuyas caladas parecían poner fín a cualquier terror repentino. Solo cuando fumaba aspirando furiosamente el reconfortante humo, en la terraza del octavo piso, lejos de miradas curiosas ajenas a las lágrimas que ya no podría contener jamás, recordaba que a pesar de todo, seguía con vida, respirando aquellas nubes cálidas y tóxicas mientras el ruido demasiado bajo del televisor la acompañaba en horas aciagas.

Además era ya de por si bastante duro haber puesto fín a las sesiones pendientes que le restaban, su cuenta en números rojos le impedía seguir permitiéndose lujos propios de clase alta, y el psicólogo era uno de ellos. A fín de cuentas seguía sin trabajo, y su desequilibrio mental no auguraba un exitoso futuro laboral, a pesar de todo el esfuerzo que antaño depositó en estudiar casi doce horas diarias; al final como todo en su ruinosa vida había sido en vano, pero eso ella ya lo sabía pues aquel revelador sueño se lo dijo una vez, y claro, ella no lo habría olvidado así como así.

Sólo le quedaba él en este mundo, su salvavidas; ella le veía como su nexo con la realidad aunque lo cierto es que concretamente él la alejaba enormemente de la cotidianeidad, aunque ella no lo viera, él, el sustento de su compungida alma. Pero entonces llegó esa carta, como si de un guión demasiado visto como para ser bueno se tratara, y todo comenzó a dar vueltas,o dejó de darlas, porque el mundo se había visto sustituido por una densa niebla, fruto del cansancio inconsciente y del mareo repentino suscitado por el terrible calor de la habitación en la que ya no podía ni recordar cuánto tiempo llevaba alojada.

Lo había conocido en un concierto; era poco dada a eventos sociales pero la música era otra cosa, podría hacer una excepción a sus fobias sociales pues insuflaba vida a su alma, era como su particular bypass, un elemento de evasión en un mundo demasiado marcado por la mediocridad, y aquel personaje novelesco,de flequillo ladeado, enormes ojos y estilizada figura, fomentaba su imaginación en gran medida, la evadía de lo mundano, alejaba cualquier atisbo de mediocridad por un instante. Lo cierto es que ya se conocían, de una manera poco casual. Conversaciones trascendentes y mordaces, ávidas de encuentro carnal y de resacas domingueras antecedieron a su encuentro personal, conversaciones que al trascender a un plano físico no hicieron más que fomentar la tensión latente, su necesidad física, pues les unía un carácter parecido así como unas ganas irrefrenables de poner fín de una vez por todas a una personalidad incomprendida y triste.

Recordaba con nostalgia, y al hacerlo ladeaba perezosamente la cabeza de un lado a otro con las pestañas entornadas, aquel fallido intento de beso ocasionado por un chicle de fresa, las caricias en la nariz, aquellos susurros tenues en su oido que resultaron canciones inaudibles por la música del bar, detalles que desataron una espiral de afecto mutuo, prodigado en las escasas ocasiones en que lograban encontrarse. Recordaba mientras las lágrimas amenazaban con inundar el balcón como en aquella misma habitación habían conversado largamente sobre medicamentos, sobre la vida y la sociedad y sobre el amor, y cómo ambos se habían jurado tantas veces que ellos no sentirían ni por asomo nada parecido ni nada tan humano. En ese momento ni la monótona voz del televisor lograba acallar la voz de su alma, que chillaba en un último intento por hacerse notar.


Y ya era tarde para todo, se repetía entre sollozos, aunque supo por un momento que podría haber continuado así toda la vida, enjugándose las lágrimas, contando minutos en la esquina del último autobús que le dio tiempo a coger, aquel mismo en que lo encontró, o más bien se encontró a sí misma, dibujando sobre los lunares de su espalda, soñando con esas muñecas finas y esa voz cascada pero intensa mientras apoyada contra el cristal temblaba con el traqueteo del vehículo mientras entre susurros pasaba los dedos acariciando el pelo que dormía detrás de su oreja.

Era tarde para todo, para olvidar y desterrar recuerdos,para construir algo nuevo sobre las ruinas de lo perdido. Y todo lo que al final pudo recordar fue una nana, la misma que cerraba la carta a modo de despedida dulce y dolorosa, la misma con la que se durmió, la primera y la última que oyó. Entonces las luces se apagaron lentamente, de un modo cuasimágico, embellecidas por los relámpagos de la inconsciencia, por los momentos más tiernos de su existencia. Y aquello fue lo más bello que vio jamás, no era una sensación de sufrimiento si no de calma, tranquilidad y paz, y por un instante agradeció poder haber vivido para sentirlo, ya no podría contarlo. Y solo se compadeció por no haber cumplido su promesa, no se arrepintió de nada más ni se encomendó a nadie. Ya jamás podría decir que habría abandonado su adicción, pero ésta logró calmarla.

lunes, 20 de julio de 2009

Cartas a Milena




"Hace mucho tiempo que no le escribo, señora Milena, y también hoy le escribo por una casualidad. En realidad no tengo que disculparme de mi silencio, usted ya sabe cómo odio las cartas. Toda la desdicha de mi vida -no quiero con esto quejarme, sino hacer una observación de interés general- proviene por así decir de las cartas o de la posibilidad de escribirlas. Las personas casi nunca me han traicionado, pero las cartas siempre; y en verdad no las ajenas, sino justamente las mías. En mi caso es una desgracia muy especial, de la que no quiero seguir hablando, pero al mismo tiempo es también una desgracia general. La sencilla posibilidad de escribir cartas debe de haber provocado -desde un punto de vista meramente teórico- una terrible desintegración de almas en el mundo. Es en efecto una conversación con fantasmas (y para peor no sólo con el fantasma del destinatario, sino también con el del remitente) que se desarrolla entre líneas en la carta que uno escribe, o aun en una serie de cartas, donde cada una corrobora la otra y puede parecerse a ella como testigo. ¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas podían comunicarse mediante cartas? Se puede pensar en una persona distante, se puede aferrar a una persona cercana, todo lo demás queda más allá de las fuerzas humanas. Escribir cartas, sin embargo, significa desnudarse ante los fantasmas, que lo esperan ávidamente. Los besos por escrito no llegan a su destino, se los beben por el camino los fantasmas. Con este abundante alimento se multiplican, en efecto, enormemente. La humanidad lo percibe y lucha por evitarlo; y para eliminar en lo posible lo fantasmal entre las personas y lograr una comunicación natural, que es la paz de las almas, ha inventado el ferrocarril, el automóvil, el aeroplano, pero ya no sirven, son evidentemente descubrimientos hechos en el momento del desastre. El bando opuesto es tanto más calmo y poderoso, después que el correo inventó el telégrafo, el teléfono, la telegrafía sin hilos. Los fantasmas no se morirán de hambre, y nosotros en cambio pereceremos"





Si existe un escritor, que merezca ser recordado hasta el fín de los tiempos, es él, Franz Kafka, por retratar en sus escritos de forma tan realista la soledad, el agobio existencial, el terror a la muerte y a la enfermedad, el amor o su compleja forma de entenderlo, o a fín de cuentas al propio ser humano. Y arriba, su humilde tumba, lugar de peregrinación de los miles de admiradores del escritor Checo que marcó un antes y un después en la literatura del XX. Gracias querido, inalcanzable, Franz por todos los momentos de intimidad junto a tus escritos, por todas las emociones grabadas en el papel, por todos esos pensamientos compartidos.

miércoles, 8 de julio de 2009


A veces la felicidad puede saturar, lo se, yo también soy de esa clase de personas que se contratula por no soportar y criticar a la gente constantemente feliz, sonriente, que nunca tiene un mal día y siempre con una frase de amor y alegría en la boca, más propia de homilía de Domingo o hippie loco que de chico normal y que de felices parecen sacados de "Pleasantville", y sobre soy de los que considera que siempre ha de haber un término medio, pues para valorar las cosas buenas obviamente hemos de pasar por las malas, ¿No? si no vaya gracia.

Pero el caso es que yo he caido en su juego, me he convertido en una de ellos, en uno de esos felicianos que se atreven a aconsejar cual manual de autoayuda a los demás y a valorar las virtudes de una vida con luz, color, y porque no, coronas de flores en la cabeza, porque como nos tiende a pasar a la mayoría de nosotros, muchas veces tendemos a convertirnos en aquello que más duramente criticamos. Vamos que hoy dígamos, en otras palabras, he dejado de comprender a los emos de manual.

Yo antes amaba la tristeza, me parecía hermosa, todo lo que inspiraba, todas esas frases, esas películas que conseguían hacerme llorar, ese mundillo ciertamente gris que me convertía en una chica triste que tampoco hacía nada por remediarlo, y que oía canciones que trataban sobre la muerte, el dolor, la pena...sensaciones que jamás había experimentado. Pero llegados al punto en que la tristeza realmente nos visita y nos da el golpe más fuerte de nuestra vida es cuándo nos damos cuenta de lo estúpidos que somos al ir de guays, desperdiciando horas de vida por todas esas chorradas que antes parecían bonitas, y que ahora si se pueden ahorrar pues mejor, que ya bastante tiene una con lo que tiene en la vida. Aunque quizá no haya que ser tan drástica, o si, nunca dije que tuviera razón, sólo lo que siento en estos momentos.

Y hoy cualquier cosa me parece buena, he aprendido a valorar hasta la aceituna que te ponen en el vermut, la mosca que revolotea sobre mi cabeza las mañanas de calor aciago, las disputas estúpidas y absurdas con cualquier persona, que nunca fallan, y sobre todo a tí, el amor puede ser muy traicionero. Y sí,el caso es que quizá decir todas estas cosas resulte más fácil al ver la vida de color de rosa, o rojo corazón, la gente enamorada puede ser muy cansina. ¿Y veís? Otra cosa, otro cambio, yo que siempre renegué del amor, defensora acérrima de la soltería, hoy soy una Danielle Steel en potencia, quizá porque nunca supe verdaderamente lo que es querer hasta ahora, después de miles de caprichos hormonales. Y ahora que lo se, también resulta duro, no os penseís, todo requiere esfuerzos, muchos más de los que se pueden entrever de las miles de películas amorosas que tan frecuentemente visiono, pero que si son por un fin superior, y en este caso lo son y con creces, pues valen la pena, o al menos eso creo yo. Porque además es curioso lo íntimamente relacionados que están ambos conceptos, o al menos lo ligada que va mi estabilidad emocional y mental al asunto, una cosa rara.

Vamos que al final todas mis palabras se han vuelto en mi contra, algo previsible si se tiene en cuenta que todo ésto guarda relación con mi particular proceso de crecimiento, porque últimamente me siento mucho más mayor y da gusto, aunque todavía queda, queda mucho, muchas fobias, muchos complejos, muchas gilipolleces. Y sí, puedo decir que soy feliz, a pesar de tener agujetas en partes de mi cuerpo que desconocía y la cabeza embotada después de la insolación sufrida, lo soy y mucho y espero que siga así durante tiempo infinito, y aunque ahora sea intransigente con lo que creí antes de todo ésto, siempre queda el recuerdo de la nostalgia, y sí, de la tristeza optimista, que muchas veces puede ser posible, y que me volvió más fuerte.

sábado, 4 de julio de 2009

De G y sus historias


Niños no leaís ésto, y sobre todo, no intenteís entenderlo.

Cuando la bautizaron con aquél nombre, "G" debió pensar que el destino trataba de reirse de ella, pues, paradojas de la vida, ella jamás tendría ningún tipo de relación con el consabido punto, objeto de debate en tantas revistas superpop. El caso es que nuestra protagonista no había tenido mucha suerte con los hombres, digámoslo así.Vamos que que si en 2005, Steve Carell no hubiera estado disponible para rodar Virgen a los 40, seguramente la habrían elegido como protagonista de la comedia por unanimidad. Aunque G no tenía 40, de momento, y más que protagonista de una comedia americana, podría haber protagonizado un drama de León de Aranoa, pero más o menos os haceís a la idea.

Y su vida no era fácil, era complicado controlar las sucesiones de amores compulsivos obsesivos no correspondidos que se sucedían semanalmente en su historial, probables sementales que se cruzaban en su existencia, ¿Por qué no había ninguno para ella? ¿Qué debía hacer? ¿Acaso pedía demasiado? Porque ella lo había intentado todo, pasando por su fase de trastorno bipolar a sus cambios constantes de ideología política, por sis cambios de atuendo, pero nada, G era una incomprendida, desgraciada, sola, con un único propósito incumplido, y el amor no llamaba a su puerta, o si llamó G no lo oyó.

Y es que cuando digo que lo había intentado todo, es porque lo había intentado de verdad. Incluso había intentado tragarse entero el Ulysses de Joyce, vamos que de sacrificio sabía un rato, pero lo había dado ya por imposible, jamás sería Anna Karenina, o como mucho acabaría tirándose tristemente a las vías de tren, que jamás a Vronski. Su amado destino, se reía en sus narices.

Y aquella tarde, en vez de salir a agarrarse una buena cogorza para ahogar las penurias amorosas, G quedó con sus amigas para ver una película; E y K, o dos histriónicos y claros ejemplares de que todo en esta vida es posible. Y alquilaron una película, una película llamada "Diarios de una ninfómana", para más inri, toda una declaración de intenciones. Y claro, esto para G, era lo más, un sueño recogido en un disco de dos horas de duración.

G siempre había odiado el cine, despreciaba a Sofia Coppola, se reía de las películas lentas y odiaba a Woody Allen, de hecho rehusaba a ver muchas películas que para ella resultaban aburridas, existencialistas e innecesarias ,pero aquella la marcó. Fueron las dos horas más silenciosas de su vida, parecía la niña de poltergeist, a punto de traspasar la pantalla. Arriba, abajo, de pie, sentada, de espaldas, en la calle, el coche, en el super, cuánto ejercicio concentrado en tan pocos pasos, eso si era deporte y no aquellas duras sesiones de Eva Nasarre. Y como siempre pasa, la ficción supera a la realidad,o al menos se equipara a ella, y cada persona encuentra a su personaje dentro de una película, un arquetipo con el que identificarse. y G descubrió el papel de vida en esta película. Y no, no es algo previsible, ni es la protagonista, ni la maddame, ni el hombre paralítico. Es la mejor amiga de la protagonista en un momento especialmente memorable en el que ésta silenciosamente se guarda un consolador transparente en su bolso.


Y como a falta de pan buenas son tortas, decidió que no era momento para desoir al destino y G se fue a trabajar a un sex shop, fingiendo una experiencia inexistente y una sabiduría adquirida a golpe de wikipedia. Y tal fue su éxito que G patentó su propio consolador, así como consiguió un buen aumento del índice de natalidad, despues de sus consejos ruinosos. Y llegó a ser tan rica o más que Bill Gates.
Y aunque el dinero no da la felicidad dicen, paga muchas cosas. Y G fue feliz, muy feliz y comió...perdices y hoy día tiene su propia mansión Playboy, y hasta un negro que la abanique, esencial. Y desde su trono hoy se ríe de todos aquellos que no creyeron en ella.

viernes, 3 de julio de 2009

I know it's over




Escribir es difícil, o más bien escribir bien es lo que resulta difícil. Ahora mismo me encantaría poder decir como me siento, o como no podría llegar a sentirme ni en un millón de años, pero mi escaso dominio de las palabras seguramente me impedirá expresarme con exactitud. Pero bueno, supongo que si os digo que la sensación se asemeja a la de tener un agujero negro dentro del estómago, o dentro del propio cuerpo, o del alma si es que ese concepto metafísico realmente existe, seguramente lo entendaís. Realmente podría decirse que más que un sentimiento, es un sufrimiento, porque por muy trágica que resulte la palabra, duele,y atrae hacia sí todo lo demás, sin dejar hueco a nada más, triste pero cierto.

Y hace tiempo tomé una determinación, que por supuesto no cumplí. Yo que siempre me las he dado de digna me olvidé de mi dignidad por un rato en pos de un bien supuestamente mayor y que me haría más feliz, y me embarqué en mi camino de decepciones continuas que nunca llegó a buen puerto. Me he culpado a mi misma cientos de veces, aunque pueda parecer mentira, de todo,pero ya no puedo más, ¿Cómo podría alguien soportar ese peso día tras día?.
Y todo ha salido mal, y sigue saliendo mal y no lo veo; pero lo peor es que todo siempre es por mí, o eso se dice, y eso que nunca he dejado de reconocerlo, por esta forma de ser que desde fuera parece bonita,llamativa, diferente pero que a la hora de la verdad, cuando nos toca lidiar con ella, no gusta a nadie. Pero supongo que toca mirar por una misma, sacar fuerzas de donde no las hay y revindicar lo propio porque que solo así se podrá extirpar esa nada que habita en mis entrañas, ya que de mi misma no me puedo deshacer.

Voy a dejar de creer, porque todo en lo que alguna vez he creido no existe. Voy a olvidarme de todo lo que hasta el momento pensé que era mío, porque lo único que me pertenece soy yo misma, y tengo que cuidarme, nadie más va a hacerlo. Porque no tengo nada, y lo triste es que en algún momento casi me lo llego a creer.