Entrada destacada

Partículas de tiempo.

Se que durante años vagué sin rumbo, dándome cabezazos contra la pared, queriendo lo imposible. Te veía tan cerca, puro, tan de ver...

viernes, 25 de junio de 2010

When H. Met Bobbie













¿Y si un día te dicen qué vas a conocer a tu ídolo? Lo primero que pensarías es que si no es imposible porque hay una probabilidad entre millones, como muchos son los habitantes de la tierra, después supongo que te daría igual, la gente subestima ese tipo de cosas porque no son primordiales en tu vida y no suelen pasar, es decir..¿Qué más te da -dicen-o porqué dedicas parte de tu vida a pensar en una persona que no existe para tí cuando hay cosas más importantes? Pero yo nunca he sido de ese tipo de personas y de hecho he malgastado miles de ensoñaciones absurdas en personas imposibles y cientos de neuronas que no volverán, pero es así, supongo que para mí, esas absurdeces nimias son importantes, qué viva la frivolidad y el gusto que producen las cosas banales e intrascentes que no te dan miles de quebraderos de cabeza.

Recuerdo un tiempo, antes de que el indie fuera un fenomeno de masas -o quizá si, en ciernes-y de que franz ferdinand fueran los reyes de esa pequeña secta de borreguillos con playeras de lona y sin un ápice de personalidad, cuando empecé a fijarme en un chico, a decir verdad uno de tantos, un tanto inalcanzable e irreal.

Bob Hardy, con entre medias un nombre de lord inglés, era un bajista escocés, gordito y rubio cuál querubín que tocaba en un grupo que me robaba muchas tardes de entretenimiento, y con el que fantaseaba a menudo embutido en una cabeza de tiburón, tal y como reflejaba aquella instantánea kodak tan molona que aún conservo grabada en el recuerdo. Si, Bob Hardy era probablemente el mejor tío sobre la faz del planeta, pero desgraciadamente y como siempre suele suceder, era imaginario, es decir si existía sí no era como esos amigos imaginarios que tenía John Nash, pero existía de esa forma, única y exclusivamente en mi marginada, en mi irreverente y fantasiosa imaginación. No os podríais imaginar la cantidad de veces que pensaba en el, que imaginaba el día en que nos conoceríamos, es decir, un hecho muy probable entre mí y un tipo poco anónimo del cotarro musical inglés, pero así era: En un autobús, en un bar, en una calle de Escocia, en una cama no porque el chico tenía un encanto tímido que revelaba alguna parte de su anatomía, pero de tantas formas... Tantos y tantos patéticos pensamientos que se hubieran podido invertir en cosas más valiosas, y que sin embargo estaban ahí, eran importantes, eran eso, un puto placebo, vive tranquilamente e imaginate cómo será el día en que conocerás a esa estrella del rock, si, probablemente te la tirarás y será tu Pete Doherty, calcado, la mente humana es frívola y poco romántica. Pero ualquier cosa con significado en tu vida de una y otra forma, siempre es importante, hace ilusión, conforma el pasado. Robert era guay


Y un día, a decir verdad un apático día nada extraordinario, llegó la noticia: Iba a conocer a Franz Ferdinand, o lo que es lo mismo teniendo en cuenta mi nivel de fanatismo de la época, el grupo que más oía, la foto de mi carpeta, el retrato de detrás de mi móvil, los cuatro nombres más pronunciados de todos los tiempos, los Ewan McGregor del scottish rock and roll. ¿De verdad eso podría pasarle al ser más gafe de la tierra? Pues sí, el mundo ya me había quitado demasiado, ahora tocaba premiar, con algo banal pero contundente.

Y las horas previas temblaba, y los minutos de antes y los segundos me había convertido en otra persona, pero cuándo entré todo se paró. Recuerdo que solo veía aquella mata de pelo ensortijada y dorada que cubría las ojos más blancos de la historia de la humanidad, como si no fuera una persona normal y estuviera muchas escalas jerárquicas en importancia por encima, en madurez, belleza...en todo ¿Y qué sería yo para él? Una más de muchos trámites a cumplir, de esas locas que se llaman fans que sin pudor son capaces de entregarse a cualquiera, que el peso de la fama es eso, un peso, un coñazo verdadero que implica enseñar los dientes -blanquecinos impecables- a la primera payasa que se te cruza, pero bueno, para esa en concreto era un ser importante.

Pero cuándo le vi darse la vuelta, eso no es precisamente lo que pasaba por mi cabeza. No pude reprimir aquella frase instantanea y manida de admiradora barata, "Eres mi favorito" dije con un estúpido inglés de parbulario, y el mundo por un instante fue más real, la imagen, la instantánea, sus mejillas rosadas.

Todo aquello me reveló que la verguenza que siempre imaginaba en los encuentros casuales de mi mente era real, que era un tímido nato, y por su aspecto un soñador bohemio poco conformista con las exigencias de ese estúpido mundo de famosos y fanáticos, nadie cambia por hacer lo que le gusta. Tantas y tantas horas imaginando como sería, para que al final, fuera infinitamente mejor. Y pensar que de todas las personas que hay en el mundo, miles, millones, infinitas, tuve la suerte de verle a él, al osito Robert Byron Hardy. Tantas tardes, noches, mañanas de gloria con su imagen en mi retina...

No hay comentarios:

Publicar un comentario