Paseo por el cementerio
Hoy papá y yo hemos paseado por el cementerio a la hora del café.
Solemos hacerlo siempre después del fin de semana de los difuntos porque a mi padre no le gusta ver el sitio transitado (o eso dice). Supongo que porque esos días las romerías de gente son un poco agobiantes.
Dentro de lo triste que es el sitio, la verdad es que como el cielo estaba brillante, el sol resplandeciente y el ambiente helado, hoy el cementerio ofrecía un paisaje más bonito de lo habitual, con todo cubierto de flores y ramos del día de los difuntos. Todo envuelto en tonalidades amarillas, rosas, verdes. Predominantemente chillantes. Un bosque multicolor sobrevolando las pequeñas casitas de distintas alturas. Paradójico.
Yo, cuando voy, voy convencida de que mamá no duerme allí, no porque quiera convencerme de una mentira, pero es cierto que pienso que las almas trascienden toda esta superficialidad y este mundo feo y superfluo que dejan detrás con nosotros. Por eso, precisamente, cuando voy me permito el lujo de ser sarcástica, como si eso de la muerte no fuera conmigo, y como si no pululara cerca de mí, como cerca de los demás. Bromeo con los vecinos de mamá (cada vez más), las pequeñas casillas que se van ocupando con los años, cuando realmente ella debería estar en casa, no soportando mis comentarios de tristeza y desesperanza escondidos en bromas inútiles.
Observo con tristeza, y cierta esperanza, que el paso de los años no empaña el dolor de no estar cerca de mamá. Que curiosamente, tantos años despues, nos hace falta más que nunca y eso me abriga corazón aunque hace mucho frío. Precisamente porque hoy leí una frase que dice que ese dolor viene de haber querido tanto a alguien, y es verdad, y cuando más profundo el dolor, más amor. Y eso es bonito.
En la tumba de mamá hay unas flores secas, perfectamente disecadas por el paso del tiempo que las ha debilitado casi de forma hermosa tallando un ramito seco. Eso me hace pensar en la metáfora tan perfecta de la vida misma que encarnan los restos de lo que fueron margaritas, lo mismo que el tiempo hace con las personas, que dejan de serlo para trascender y se evaporan hasta ocupar lugares privilegiados en la mente de sus seres queridos. O cerca del sol.
Mientras paseamos rápido entre las tumbas pienso en lo estúpido de lo cotidiano, y la mayor parte de nuestras cuitas diarias. Me fustigo por mi intensidad, pero al mismo tiempo comprendo que, precisamente, puedo sentirla porque estoy del otro lado del Paseo de Nuestra Señora de los Ángeles.
Salgo pensando que mamá no duerme allí. No lo necesita. Ella tiene su estrella. Su casa con su padre. Da igual lo que crean los demás. En mi mente duerme allí.
Guardo bajo llave ese recuerdo y aligero el paso. Las casitas quedan en el fondo. La tristeza que cala mis huesos de va despejando, dejo los fantasmas detrás.

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