miércoles, 26 de junio de 2013

Nosbir.








Cabalgando en Epona atravesamos las interminables llanuras nevadas de Invernalia, protegidos con el calor de mis entrañables michelines -siempre presentes- que nos daban calor y nos resguardaban en las largas noches heladas. Fue un viaje intenso y trepidante a más no poder y la pobre yegua acabó tullida, no como consecuencia del trote acelerado del paseo sino del peso excesivo que tuvo que soportar conmigo encima: que la llevó a la cojera, a la depresión y a cogerse una larga baja suponemos, porque en tiempo no se la volvió a ver por los videojuegos de Zelda. Se dice que jamás se recuperó totalmente de aquel infierno y decidió que enfrentarse sola a Ganondorf hubiera sido un destino bastante más benévolo con su cuerpo equino, aunque ya era tarde para la nueva Bran Stark versión animal.

Después de abandonar a la pobre Epona a su suerte y dejarla inservible para futuros viajes de Link, nos dirigimos a la Comarca, dónde las agradables madrigueras hobbits no albergaban alimentos suficientes para mi amigo y compañero en el viaje, que dejó temblando las cálidas despensas de los ahora malhumorados medianos, que decidieron colocar un cartel con su cara en todas las posadas de las zonas colindantes para no tener que volverlo a ver nunca jamás. Las malas lenguas dicen que solo les dejó los tomates del huerto de Maggot, lo único que su insaciable estómago devorador no podría tocar, -básicamente porque no le gustaban,- y eso que los tomates hobbits tienen una  increible y merecida  fama en toda la Tierra Media. No como mi amigo, que desde entonces fue peor visto que los enanos, y ya es decir.

En el Moulin Rouge nos negaron la entrada y nos prohibieron volver jamás. Después de recorrer leguas de ficcionales territorios durante horas, llegamos a Paris para ver una representación de Satine: "El diamante en bruto", ya que la película de Luhrmann era de nuestras favoritas y las ganas de directo eran enormes. La emoción era tal que mi amigo y compañero no pudo aguantarse más y decidió interpretar visceralmente una de las canciones de la Banda sonora de la película, a voz en grito y sin cortarse un pelo. El pánico estaba servido. Las notas musicales devastadoras llegaron al camerino de Satine y la dejaron inconsciente súbitamente, murió en el acto mientras sangraba por las orejas. Como veís, allí por dónde íbamos hacíamos amigos por todas partes. De nuevo tocaba huir.

Ya dentro de las películas Disney se nos hizo muy difícil por cuál decantarnos, teníamos demasiadas favoritas en común y por motivos parecidos, así que las fuimos visitando todas poco a poco, tampoco con demasiado buen tino.Lo nuestro era mala suerte. Quizá tuviera que ver con las interminables y azucaradas muestras de amor y cariño -y otras cosas- que nos profesábamos mi amigo y compañero en el viaje y yo: algo tuvo que ser lo que llevó al total de personajes Disney a las películas pornográficas subidas de tono y los espectáculos bizarros, por razones que aún nosotros no conocemos totalmente. Que le vamos a hacer. Personalmente sigue conmocionándome el recuerdo de los carteles que anunciaban los shows eróticos de un tal "Nosbir" cuyo rostro recordaba vagamente de alguna de aquellas peliculas animadas, ahora corrompido por los años y la lujuria y supongamos las vueltas a la barra de un bar marrano, aunque mi amigo y compañero parecía disfrutar secretamente de esas imágenes que subía de vez en cuando a escondidas a su página personal de tumblr cuándo se creía que yo no miraba.No nos quedaba mucho más que ver.

Por último nos dirigimos a la fabrica de chocolate de Willy Wonka, donde apunto estuve de batir el record de obesidad mórbida mundial. Tantas chocolatinas y oompas loompas me dieron un dolor de estómago terrible y a punto estuve de morir de grasa, aunque logré sobrevivir, porque ya sabéis que mala hierba nunca muere.Ja,
 Fue un subidón de azúcar y la imposibilidad de encontrar transporte que nos llevara de vuelta a casa lo que nos hizó pensar que jamás perteneceríamos a ningún sitio. Estábamos solos, mi amigo y compañero de viaje, mis grasas y yo, hasta que recordamos que la guerra de las galaxias "se rueda" en el espacio y allí no importa nada eso de la gravedad y demás mierdas. Mi peso podría pasar desapercibido. O eso pensaba hasta que  El halcón milenario empezó a despeñarse lentamente por el espacio. No nos quedaban más sagas que destruir, pero estábamos juntos y felices.

L'amour.


FIN.





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