Como una madeja de lana que se ha caído al suelo.
Me siento como una madeja de lana que se ha caído al suelo.
No duermo. No noto el calor de los rayos del sol sobre mi piel, tampoco las cosquillas, el estruendo que brota de mi interior cuando río, o más bien cuando reía, la sensación de calidez que tenía dentro y que ya no está. Mi niña interior se ha evaporado. Mi adolescente también. Mi parte adulta, simplemente no existe. Se fue con mamá. Se quedó solo esa parte de mí que se niega a seguir viendo pasar los años si no está cerca, pero que tiene un pavor aún más grande a viajar a una realidad en la que ni siquiera pueda recordarla. En la que ella nunca haya estado o vaya a volver a estar.
Noto las cosas que están alrededor, siento...la respiración entrecortada y arrítmica que nace de mis pulmones cuando llego corriendo a todos los sitios, sin saber bien porqué estoy yendo a ningún lado, la verdad, la incomodidad que genera a los demás mi ansiedad, mi nerviosismo, que intenta ser pausado, mi falta de rumbo, inapreciable pero al mismo tiempo visible. La molestia que le causa a la gente el no entender, pero también observo claramente la falta de tiempo por parte de la gente para ofrecer esa comprensión, para ofrecerse al otro.
Noto un universo de cosas interconectadas que se abrochan a mis costillas y hace que éstas impulsen a mi cuerpo y que este siga andando, sin saber bien porqué. Una cosa ingrávida que orbita a mi alrededor y no es mi alma, porque ya no existo, nado alrededor de no sé bien qué. Una isleta de sin sentidos. Un mar de dudas.
Me siento pero al mismo tiempo no me siento. Sé quién soy pero no como soy. En qué me he convertido. Sé como era hace unos años y sé que no existe esa persona, literalmente ha muerto, con todos los miembros de mi familia que ya no están. Como si mi alma se hubiera fragmentado en varios pedazos, y cada uno de ellos se hubiera llevado un trocito al más allá. Pienso claramente que no deberíamos sobrevivir a los nuestros porque realmente no lo hacemos. Esa persona que somos se va diluyendo hasta que no queda nada y es triste.
Escribo esto con mucho dolor, con el corazón comprimido al sentir el absoluto convencimiento de que a nadie le importan lo más mínimo los demás. Somos pequeños peones que casualmente se cruzan en el camino de otros y me duele la certeza casi tanto como el juego cruel de estos últimos años.
Matizo, no buscaba encontrar nada en mi camino, pero después de todo, no merecía encontrar lo que recibí.
Asesto un sonoro beso a todas las pequeñas Elisas que hacen cola intentando que en algún momento haga las paces conmigo misma. Las saludo, etéreas y cercanas. Me acercan a los míos, aunque yo ya esté muy lejos.
Comentarios
Publicar un comentario