Mi cerebro está hiperactivo. 
Entre eso, y que tengo la tripa mal, otra vez, estoy pensando más de la cuenta. Observo el privilegio saltando a través de historias varias de Instagram. Gente que viaja, gente que tiene ropa bonita, gente que desayuna, come y cena todos los días fuera de casa y tiene unos planes fantásticos y seguramente trabajos muy bien pagados.

Cuando paseo por esos estados siento una soledad muy profunda, siento que no tengo suficientes cosas, suficiente clase, belleza, dinero y que el mundo se ha convertido en un lugar superficial y feo y parte se me está pegando o me está absorviendo esa superficialidad que es viscosa y pegajosa.

Estoy leyendo acostada en un sofá que me costó más que mi sueldo y que ya odio, y Momo se recuesta sobre mí y esto es un privilegio del que no se disfruta todos los días, por no decir casi nunca. 

Cualquiera que conozca a un gato en profundidad, sabrá que solo ellos eligen los momentos que quieren compartir contigo y son contados. Momo se restriega contra mi mano, buscando el contacto, caricias y mimos y me devuelve a una realidad sin cosas materiales, a ese instante en el que soy consciente de que mi privilegio es poder albergar y dar una buena vida a esos pequeños seres que te dan muchísimo más de lo que piden, que es comida y espacio para vaguear. Poco más.

Pienso con cariño y nostalgia, en cuando esa misma gatita decidió parir encima de mí, porque estaba aterrada de traer vida al mundo y no sabía como desprenderse de sus dos pequeñas criaturas, porque claro, nadie la había enseñado. Podía haber elegido a Jaime, podría haber parido sola pero me perseguía com devoción por toda la casa.

Estábamos todos en el piso con escaleras de las monjas, con los techos abuhardillados y donde los veranos eran un auténtico infierno de calor. Han pasado ya muchos años de aquello, dos, que en años de gato es mucho, no debo olvidarlo, porque no siempre estarán aquí y no siempre tendré el gran privilegio de que sean mi mundo. Y ese es un privilegio real.

Nunca he estado en contacto con la naturaleza y la mayor parte del tiempo, da igual donde esté que estoy refugiada en mis pensamientos. Pero el día que Momo fue mamá y yo fui, cosas de la vida, partera felina me volvió profundamente espiritual. Lloré lo que no estaba escrito cuando pensé que podría pasarle algo a la pequeña gatita que me había devuelto la fe en una vida próspera.

Aquí debo interpelarme, me temo. Y es que, la prosperidad,Elisa, no te olvides, no se basa en acumular cosas materiales sino en el valor de tus pequeños recuerdos. Y en eso, como decía papá, y en ilusiones, somos millonarios.

Comentarios

Entradas populares