El cabo del año
No fue la primera vez que pasó, pero fue importante porque era era el cabo del año. La misa. La conciencia de que el tiempo no se detiene aunque pase lo más terrible del mundo.
El día era precioso, soleado, las nubes tenían motas jaspeadas y el café sabía igual que siempre aunque no era igual. No sabía tan dulce como cuando nos colocábamos a las ocho de la tarde con cafeína en el templo del café ni como cuando consumíamos películas de Woody Allen que, en aquel entonces, aburrían hasta a las moscas regando las palomitas con esa droga dulce.
Vino tanta gente que por un momento sentí que era un día normal, aunque mi abuela hubiera prohibido a Arturo reírse en el ascensor, aunque fuera el cumpleaños de Arturo y estábamos fingiendo que era su día, pero tampoco, porque hacía un año de la muerte de mamá, aunque algo no se sintiera bien dentro y no explotara porque aún tocaba aguantar, aún no me tocaba llegar al fondo, explotar en pedazos.
Nos sentamos alrededor de la mesa. Las compañeras de la facultad, María, Laura, no recuerdo cuántos más, porque bastante tenía con hacer pensar a los demás que todo estaba bien, que sonreir seguía siendo fácil y que podía tomar un café como si no hiciera un año de lo de mamá y como si no parara de pensar que me parecía imposible que el reloj hubiera seguido corriendo y la tierra no hubiera implosionado con todos dentro como pasó con mi corazón.
A mi lado él arropándome pero no, porque soltaba mi mano cuando algún comentario no le parecía apropiado y eso era la mitad del tiempo. Entre mis amigas y yo no sumábamos medio cerebro solía decir con sorna. Él o EL. Pienso que era la única persona que en aquel momento quería que estuviera en la mesa pero que, tampoco parecía querer estar en aquel momento. Él. Que hacía bromas apropiadas a la cara y feas por detrás, era cariñoso con la gente y actuaba como si también fuera anfitrión de esa misa. Su sonrisa era sincera y era capaz de prender la de los demás, sin embargo ese día, no la proyectaba en mi dirección como si fuera culpable, no sé, de que el sol brillara, la cafetería estuviera llena o yo que sé, mamá se hubiera muerto justo ese día que tenía partida de rol. Una partida de rol para hombres donde las chicas no podían entrar porque enrarecían todo con sus conversaciones sobre tampones, canciones feministas de Bebe o...yo que sé, vida y muerte.
Tomamos el café. Uno o dos. Tantos que las nubes se desvanecieron o se evaporaron detrás del velo negro de la tarde/noche. Fuimos a misa y el párroco solo mencionó a mamá una vez porque quizá hay que pagar más para que Dios te preste atención o qué se yo, aunque esa mención fue bastante para ser consciente por un momento, de que mamá no estaba, no estaba...viva, porque yo entonces tenía la costumbre de olvidarme de su muerte como si mi cerebro no me lo recordara de vez en cuando en forma de sueños. A medida que estaba más oscuro, la sensación de tener una araña apretando fuertemente mi corazón se hacía más fuerte y mi miedo más grande. Grande como la noche y las estrellas a mil kilómetros que me hacían encogerme por dentro. Porque esa araña podía arrancarme el corazón y acabar con todo, o por el contrario, podría obligarme a seguir viviendo, y eso me daba mucho más miedo. Miedo a morir viviendo o vivir muerta en vida.
Veintiún años eh.
Agarré su mano y busqué su mirada amable, la que compartía y repartía con gratuidad con los demás. Familia y amigos. No me la devolvía porque no se daba cuenta, quizá. Era mi novio no me sonreía porque no era consciente de que de algún modo era mi día y yo sí necesitaba ese aliento en forma de cortesía social. De amabilidad. De afecto.
Cada segundo que nos acercaba a su coche, la araña se hacía más grande porque si se iba él tendría que enfrentarme a mi miedo y no quería estar sola y a quién más se lo iba a decir. Mi padre, mis hermanos estaban igual que yo pero nadie hablaba porque hablar era sacarlo fuera y entonces mamá estaría muerta de verdad, no en la oficina de la calle de la Pasión, o comprando ropa de marca en cortemax o dando paseos con papá abajo, arriba, arriba abajo, de la calle mayor, donde imaginaba que estaba cuando llegaba a casa y su hueco del sillón estaba vacio, aunque su bolsa de golosinas siguiera intacto y de vez en cuando siguieran sonando Amaia Montero y Dani Martín en su teléfono móvil.
No se inmutó cuando agarré su mano y le pedí, por favor, que se quedara un rato en el coche. Cuando le pedí un abrazo que no me dio porque no me lo merecía. La araña crecía. Se montó en el coche y me dijo friamente que me llevaba a casa, con lo que la amabilidad de la tarde, de repente, se convirtió en un espejismo. La música sonaba y yo solo oía los latidos de mi corazón que cada vez presionaban más en mi pecho porque separarme de él significaba asumir que el día llegaba a su fin, que había pasado un año, que no había excusa posible para justificar la ausencia de Elisa y que algo no estaba haciendo bien si mi novio no quería pasar conmigo un día así.
Lo último que recuerdo fue una súplica mojada por las lágrimas que empezaban a asumir que se acababa el día y que lo mejor del día, él, también se acababa. Quizá podría tener una sola cosa, un día de mierda pero un novio a mi lado. Sí, un poco más, un rato agradable.
El coche era alto. Era un todoterreno o algo así. Su color era plata como la sonrisa de la luna que en ese momento se reía de mí. Le pedí que se quedara solo un poquito más y me acusó de transmitirle mi ansiedad al rozar su brazo. Me dijo que no le había hecho ni caso que había preferido estar tomando un café con los demás y no le había hecho ni caso. Empezó a ponerse nervioso y a conducir a bandazos, tan nervioso como cuando le conté a Lidia que iba al psicólogo y me preguntó si estaba loca de verdad como los locos de las películas que se creen pájaros o arañas o que se yo,como Jack Nicholson en "El Resplandor". Solo quería un rato más, para ganar tiempo a la tristeza, pero él se enfadaba muchísimo porque yo había pasado la tarde con mis amigos y no le había hecho ni caso. Por un momento parecía que hubiera pasado la tarde con mis amigos en el parque de atracciones ignorándole en lugar de en la misa del cabo del año. De repente soltó mi mano y le volví a suplicar un rato, las nueve de la noche ya estaba oscuro y la oscuridad me da mucho miedo aún hoy porque me recuerda que mi madre ya no puede ver supongo. Entonces dijo que mi afán de protagonismo no estropearía su día y que no iba a boicotear su partida con los amigos que tenía organizada el día justo del cabo del año de mi madre. Y por algún motivo era culpa de mi madre y mía, o más bien de mi ansiedad, que no llegara a esa partida y era mi culpa, porque como empecé a interiorizar, estaba manipulándole para que sufriera conmigo en lugar de dejarle vivir su vida y permitirle que me acompañara los momentos buenos que eran los que se comparten, no las penurias
Me bajé del coche, a rastras, porque yo era infantil y no quería bajar. No quería bajar porque se iba a valladolid y yo me quedaba en palencia con mi madre muerta, mi dolor y una sensación tremenda de soledad que no había notado tan intensa como ese día. Me bajé en la rotonda de San Lázaro donde los coches seguían pasando observando mi ridículo egoísmo, mi espectáculo y mi humillación y yo solo quería joderle su plan con sus amigos como el resto de mujeres del mundo.
Volví a casa con los ojos arrasados por dos mil coches imaginarios, que es como se sentían mis lágrimas en ese momento recorriendo mi cara, volví a mi casa vomité y me recompuse.
Me escribió te quiero al volver a casa. Te quiero, eres preciosa. Mucho ánimo. No estoy ahí pero estoy contigo. La araña liberó un poco porque él era un muchacho maravilloso y yo una perra estúpida que había osado fastidiar su día y aún así me había perdonado. Era muy generoso. Yo una egoísta.
Aún hoy recorro esa carretera de vez en cuando y noto el brazo que me arranca del coche. Aún hoy siento que era mi culpa que no le quise suficiente y que haber terminado rn la carretera era culpa mía de verdad.
Vuelvo a esa carretera y sigo sin madre y sin novio. Aunque hoy me doy cuenta de que eso nunca lo tuve.
Han pasado veinte años y la araña sigue. La araña. La piedra. La losa.
Han pasado veinte años de que me morí y alguien quiso hacerme sentir culpable por querer demasiado.

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