He mentido

He mentido muchas veces, sí. Y alguna vez he engañado. 

La primera vez fue en 2010, o 2011, antes de un Sonorama y después de la muerte de mamá, cuando encontré una carta manuscrita suya y las lágrimas me invadieron hasta el punto de hacerme hipar y descomponerme como una madeja que cae al suelo y no tiene sostén. Como tampoco lo tenía yo.

Todo esto, me acuerdo, ocurrió en la entrada de la casa de mis padres, con él enfrente, a punto de coger un tren. Se enfadó muchísimo porque lloraba porque tenía veintidós años y las chicas de veintidós años, con medio cerebro, no dejan a sus novios solos en casa mientras se dedican a llorar por su madre muerta por las esquinas. Estuvo a punto de marcharse por la puerta pero dejé de llorar y se me pasó el berrinche a fuerza de contener tanto mis emociones que con los años saltaron igual que los tubos de confetti en las bodas.

Al día siguiente cogía un tren a Santiago y él no quería darme la mano. Yo no quería irme, quería estar a su lado y que me quitara la pena, pero nadie puede quitarte una pena tan grande, aunque sí puede ayudarte a no hacerla más grande y menos manejable.

 No me miraba a los ojos y mientras subía en el coche del tren viejo mi maleta pequeña y el ejemplar de "El hobbit" que leería por  primera vez aquel día, entero, no me dijo adiós. No lo merecía porque no era una persona fuerte y no estaba preparada para la vida. Menos mal que Bilbo Bolsón no era tan vehemente y cruel conmigo.

Dejó de contestar a mis mensajes y el cielo triste de Laxe parecía aún más triste. Y eso que yo ya lo estaba bastante sin necesidad de discusiones o de ausencias, o más ausencias. Las conversaciones telefónicas estaban vacías y yo seguía sin entender como podía apretar ese dolor nuevo para que cupiera con el antiguo y cohabitaran dentro del mismo cuerpo. Mi confetti. Aunque eran dolores distintos no parecían igual de justos, la verdad.

Una noche mis hermanos salieron por ahí, porque aunque estuviéramos todos tristes, fingíamos que la vida seguía normal, aún huérfanos en un pueblo perdido de la mano de Dios en Galicia, donde las gaviotas vuelan bajo y hay una playa donde los cristales brillan por la noche en la rampa que baja del cementerio y en el que hay un bar que se llama "A ventana", porque tiene un ventanal enorme, desde el que se ven las dunas vírgenes, blancas, que en ese momento solo parecían puntitos negros en la noche que volaban en silencio con el viento gélido.

Aquella noche yo, como ahora, aún no sabía relacionarme. Me compré una cajetilla de tabaco para poder salir fuera de los bares y paradójicamente, respirar y me bebí un montón de copas que me supieron terriblemente mal pero me hicieron sentir muy contenta. Y cuanto más contenta me ponía más bebía y más simpática era, más me olvidaba de mi pena, y eso a pesar de mi pelo rizado, mis pantalones cortos y mis piernas regordetas, mis pintas de turista de la época, y entonces me sentía hasta guapa y me olvidé de que tenía un novio que no me quería porque había llorado por mamá una noche en que me encontré cob su letra y fue como recibir una caricia inesperada que, sin embargo, no me hizo sentir feliz, sino extremadamente huèrfana. Como cuando papá tenía un recuerdo triste y lloraba de repente encogido enfrente del dvd porque no quería que sintiéramos aún más pena de la que ya teníamos en el corazón, que estoy segura que tiene compartimentos para el amor, como decía mamá, pero también para la pena. Y están conectados.

Entonces apareció un chico que en realidad era un señor y que fue amable y me metió un mechón de pelo detrás de la oreja. Apareció él y me pareció extremadamente alegre y divertido para su edad. Él, con sus ojos enormes verdes de rana, su pelo medio largo y sus pintas indescriptibles de diseñador gráfico porque creo recordar que era su oficio.

Una hilera de chicos desfilaba delante de mí, muy borracha, y seguían invitándome a copas, por lo que pudiera pasar. Uno me dijo que era guapa de cara y recuerdo que quise escupirle en la copa y me pareció hasta divertido, porque él no era guapo ni de cara ni de nada y tampoco podía hacerme daño ese día con su malignidad.

Todos ellos me miraron con cierto disgusto de repente y es porque me debió parecer buena idea beber de repente de los labios de aquel chico sin saber muy bien cómo y porqué, porque todo estaba negro y me daba mil vueltas y no sabía como había llegado alli si tenía un novio que se preocupaba tanto por mí que me había retirado el saludo por hablar de mi madre muerta. Bebía como si estuviera sedienta y nunca hubiera probado el agua. Como si quisiera guardar dentro de mi cuerpo algo de amor, porque por algún motivo, sabía que iba a faltarme y tenía que aprovisionarme como para un apocalipsis emocional.

Sé que le dije que tenía novio y él, con su discreto acento gallego sugirió muy educadamente que le mandara a la mierda porque no me sabía cuidar bien. Y no sé bien porqué, pero aunque yo creía que no era cierto, si notaba que aquel chico sí me estaba cuidando. Besándome en las cuestas empinadas de Laxe con un frio del carallo, como decían ahí. Besándome como si fuera una adolescente guapa, atractiva, simpática que no estaba tan, tan triste porque, no sé, la vida es amable cuando no te tratan mal.

Esa fue la primera vez que engañé. Y una vez que lo hice, seguí engañando muchas veces durante la misma semana, tantas veces como él no contestaba mi teléfono y tantas veces como él me recordaba que era una niña absurda que tenía que madurar porque quién iba a quererme con lo desequilibrada que estaba en aquella época de mi vida y tenía que dar gracias a Dios de que él me aguantara. Sabe Dios las que engañó él a distinto nivel, yo ahí era una niña.

Y yo lo pensaba y aunque sabía que K no me quería sí me pensaba y quería besarme aunque estuviera triste y las lágrimas se resbalaran por mi barbilla salada. Y entonces me daba un poco igual que nadie más fuera a quererme porque solo me importaba aquella semana y nos besamos tantísimas veces, y solo eso, que todavía recuerdo los últimos besos en el portal, en la callejuela, en el puerto y sobre todo, las últimas palabras que me dijo hasta que volví a verlo y ya no era la misma persona con la que me había besado sino "el amigo de" que se había olvidado con los años de lo importante que había sido para mí, porque nunca se lo dije, como todas las cosas importantes que se quedan en un cajón y no se dicen nunca porque nadie quiere que le tomen por una pirada.


Volví y se lo conté, y aquello le dio igual y se refería a aquel chaval como un pringado que no había madurado suficiente. Volví y K se convirtió en una ventanita de facebook que con los días se olvidaba cada vez más de contestarme.

Volví y el amor se me quedó frío en el pecho porque no me daba cuenta pero cuando alguien te quiere intenta prender el fuego, no apagarlo para que mueras de frío. Volví y tardé casi cinco años en dejar de quererlo a pesar de todo. Volví y en el sonorama se rió de mí y me obligó a irme cuando tocaba mi grupo favorito porque yo jamás le importé aunque nunca quise pensar en ello.

¿Y sabes algo? A mí me quedaron siempre las ascuas de aquel verano que olía a salitre, a tabaco en los pulgares, a arena húmeda, al recuerdo de mi tío Jesús andando por las dunas y al "Nordeste" y  ¿sabes? en el fondo ya estaba muerta, así que aunque quisiste, no pudiste lograrlo.



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