Solo cabía bondad en aquella mujer de ojos minúsculos, pequeñitos, casi achinados. Aún ahora, que los años habían empezado a obligarla a olvidar algunas cosas, solo sabía darse. Darse entera. Había nacido para entregarse a los demás y por eso ahora no tenía nada, porque lo había regalado todo durante toda su vida.
Aún buscando en el cajoncito de sus cosas, con sus gafas y acertijos, con sus "pasapalabras" acertó a murmurar:" No tengo nada para daros"
Supongo que ya nunca lo sabría o que si lo pensara al rato lo olvidara, pero esa mujer nos había dado todo desde que nací: la abuela que nunca tuve y siempre quise, un amor incondicional y un consejo, siempre.
Por supuesto que no tenía nada para darnos porque ella, Casilda, ya nos había dado todo y solo por ella el cielo debería ser un lugar real.
Comentarios