Hay lugares a los que no deseas volver jamás
No creo que fuera su intención, pero no hubo excusa. Cuando me miró de arriba a abajo, con esos ojos azules sibilinos escondidos tras unas gafas oscurecidas, y en voz muy alta dijo:" Has engordado bastante", seguramente no buscaba hacer daño, seguramente buscaba conseguir una carcajada, una alabanza, no mía, por supuesto, pero lo que consiguió fue justo lo contrario.
Noté una arcada repentina. Mi ansiedad volaba a frecuencias desconocidas. Me recordó porque esa ansiedad estaba ahí imperecedera como mi escudo protector, porque en cualquier momento podría pasar algo parecido. Que alguien de forma gratuita y grotesca, decidiera que mi trabajo era un buen lugar para hablar de mi físico inestable y dismórfico. Cuando alguien decidió, precisamente, herirme en casa. El único sitio del parchís donde todo el mundo sabe que no te puedes comer la ficha. Todo el mundo tiene permitido hacer trampas menos yo.-
No bastó mi cara compungida, ni el rastro de lágrima que asomaba a mis ojos enrojecidos para hacerlo parar. Porque entonces se dirigió a una persona cercana, y esta vez, aún más alto, comentó que estaba fuerte, haciendo un gesto con los brazos, y asegurando que me encontraba dándome a una buena vida. Sin saber que a veces me paso días sin comer, vomitando la comida, o simplemente sufriendo por contener el dolor de estómago para no sucumbir al hambre, aunque no sirva de nada. La buena vida.
Él, seguramente, se sintió viril mientras yo me hacía mierda. Mientras me sentía una mierda, pequeña e inmensa al mismo tiempo, insignificante, y horrible, él se sentía enorme, masculino, gracioso, divertido y educado, seguramente. Un tipo afable que no hace mal a nadie. Un caballero de otra época.
Basta eso. Dos segundos.
Dos palabras. Un gesto.
Consiguió que volviera a aquel agujero temporal en el que no podía comer, no podía sentir placer con las cosas que me gustaban, no podía mirar mi cuerpo mucho menos pensar que alguien pudiera querer estar conmigo, tocarme o sentirme guapa. Consiguió que volviera a aquella época en que mi abuela fingía lástima de mí porque pensaba que ser "culona" era la peor de mis maldiciones, herencia paterna y que contuviera con mucha ansia las ganas de salir corriendo y esconderme debajo de una torre de mantas. Consiguió que volviera al colegio,a las comparaciones, a ese sitio en el que todo el mundo me repetía eso, "fea", "fea", "fea", pero con mi cuerpo.
Todo eso de un plumazo, en alta voz. Como si tuviera a derecho a portal un micrófono con el que dispararme de frente.
Hay veces que las palabras apuntan a lugares estratégicos. Que no son palabras, se convierten casi en sentencias de muerte para las personas que hemos sufrido algo así.
Por eso jamás puedo estar bien, sin mirar a mi alrededor a ver quién va a atacarme esta vez. Solo por eso.
Porque no lo merecía.
Hacía buena mañana aquel día. Llevaba una camiseta roja y un pantalón que me hacía sentir bonita. Todo eso se rompió. Bastaron dos segundos para que mi imagen mental se hiciera añicos. Todo mi buen concepto se fue a la mierda.
"Para que nunca te vuelvas a creer guapa", me repetía. Y siento pena, Mucha pena de tener que vivir así.
Comentarios