El síndrome del impostor, pero al revés


 


A veces me leo y me gusto (a). 

Releo viejos textos que hacen que me zambulla de cabeza en lo que fui y es como viajar al pasado, y están tan bien escritos, son tan sinceros, que solo le deseo bien a esa niña y que ojalá escriba, como decía Don Jerónimo aquella vez delante de mi cuento. La única vez en mi vida, con ocho años, que he sentido valer en toda mi vida. Casi cuarenta años ya.

Luego medito. Esa niña soy yo. Era yo. ¿O sigue estando?

¿Crecemos en algún momento o nos dejamos llevar por las turbulencias de un tiempo que va muy deprisa?

¿Y si tuve miedo al éxito, tanto, que me puse la zancadilla? ¿Y si tengo el síndrome del impostor, pero al revés?

Las palabras de aquel señor fueron la excusa para no hacer lo responsable. Estudiar ser una mujer de provecho, una Letrada de la Administración de justicia casada con un señor respetable, funcionario, religioso, bronceado, de buena familia y con melena Que me llevara a cenar a la campiña y me diera tres hijos y una casa con escaleras y papel pintado.

Pero escogí escribir y estar rota. Perseguir sueños que me esquivaban porque no era suficiente.

Espanté mis aspiraciones porque eran irreales. Ojalá nunca hubiera sucedido y ojalá no lo recordara.

En otra dimensión, ese hombre con el que fantaseo, me acaricia la cara mirando al mar Atlántico en alguna playa gallega mientras los niños corren. Ojalá esa persona exista en alguna estrella.

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