Un día hace tiempo escribí esto. Hoy no recuerdo porqué.

 


Hay un chico enfrente de mí en el despacho. Tiene gafas redondas, el pelo al rás, los ojitos claros y las mejillas llenas de color. Me mira y le miro. Es guapo, tanto, que pienso que ojalá pudiera gustarlo. Tanto, que incluso en mi descaro, me imagino como besa, y lo hago de forma tan nítida, que se da cuenta que me ruborizo. Qué horror. Se sonríe, porque por supuesto, no se imagina nada de lo que está pasando. Ni siquiera juega en mi liga. Esa que, supongo, he inventado en mi cabeza.

Todavía me acuerdo de Bruno o de Enrique. Aquellos chicos sí eran guapos. Estar con ellos fue cumplir un estándar que pensé que no alcanzaría y no me hizo sentir mejor precisamente. Me hizo sentir válida, eso sí. Como que de repente cumplía con unos criterios que exige el mundo y que no había alcanzado. No sé porqué de repente lo hice. Quizá porque dejé de tener complejos un rato y me mostré amable, ni siquiera guapa, solo amable y divertida. Lo que ya no soy.

Vuelvo al mundo real.

Me encantaría volver a ser la persona que tiene ese tipo de ensoñaciones y que siente cosquillas con los mensajes pícaros. Me encantaría

 Hoy por un momento, esa persona ha vuelto. Y me ha dado consuelo. Consuelo de poder sentir.

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