"Todas esas cosas que nunca te dije. Y aquellas que solo pense"
Cuando era pequeña quise ser muchas cosas. Actriz y escritora, pero sobre todo actriz.
Siempre he tenido un síndrome del impostor importante porque, aunque no haya llegado a grandes cosas en la vida, siempre he quitado mérito a todas y cada una de ellas y escribir es a la que más. Siempre todo lo que he hecho me ha parecido...sin más, mediocre.
Pero un día, se me ocurrió publicar una novela fantástica, venderla y donar parte de los beneficios. Nunca pensé que la leyera nadie, que le llegara a alguien un poco, nunca pensé que nadie llorara con una frase mía o que la usara en su día a día. Pero la vida la muchas vueltas.
Un día vino una señora a mi puesto de trabajo a mirar unas lámparas y esperó un rato a que su marido saliera de la tienda para contarme una cosa. Supongo que se sentía más cómoda hablando de algo tan personal a solas. O quizá pensó que a mí podría darme vergüenza. No la conocía, para mí era una extraña que podría ahorrarse una frase agradable, pero gracias a Dios, no lo hizo.
Me dijo que el epílogo de mi libro la había ayudado muchísimo a llorar todas las lágrimas que se le habian quedado en la garganta después de la muerte de su madre. Me dijo que había llorado, me había entendido y se había entendido un poco más porque había encotrado la voz para expresar lo que sentía en aquel momento. Yo no lloré, pero estuve a punto. Me dijo que siguiera haciéndolo porque se notaba que me nacía del corazón. Y es cierto, todas y cada una de las cosas que escribo, me salen del pecho. Mi querido jardín.
No solo la escuché, sino que seguí escribiendo sobre eso. Seguí escribiendo cuando sentía euforia, amor, dolor, ternura. Seguí escribiendo sobre eso, sobre aquello, sobre un poco de todo lo demás, creando un pequeño tapiz.
Sigo escribiendo sobre el duelo porque no encuentro el consuelo y porque no creo que me recree en él, sino que es mi vía de escape. Sigo escribiendo sobre ello porque es en parte la brújula que define mi vida, una vida sin mamá. Da igual los años.
Hace unos meses perdí a mi tío. Mi tío Jesús. No creo que tenga adjetivos para describirlo porque era más bueno que el pan. Amable, alegre, guapo, con un pelo de película. Era la típica persona que llenaba una habitación con su presencia. La típica persona que aspiras ser, o al menos a parecerte mínimamente. Un tío guay que seguía jugando a la play a pesar de sus años, que no eran muchos, pero quizá más de lo que es habitual.
Mi tío, si algo recordaba era a su padre. Pero de una forma bonita, noble, de una forma que a mí me parecía preciosa. Todas las Navidades que pasamos con él, lo recordaba en forma de anécdotas, frases y chascarrillos. Y aunque no dejaba de verse ese profundo dolor que deja la herida de perder a un padre, ese respeto me ha guiado toda mi vida como ejemplo. ¿Dónde se van las anécdotas que ya no vas a escuchar? ¿Te conviertes por obligación en transmisor para que no se pierdan? Yo creo que sí.
Así que ahora no tengo un duelo, tengo dos. No sé si esas cosas se cuentan y si está bien no incluir a mi abuela en ese cómputo. Ella habría amado un libro mío, y el anterior, sin comprenderlo del todo, lo devoró hasta romperlo. No sé que habrá sido de ese libro pero me encantaría volver a verlo para observar el uso, para ver lo mucho que la gustó.
No sé si los duelos se suman y tampoco se porque la gente habla de ausencia cuando la gente que se va para mí se convierte en presencia eterna, y se convierten en un recuerdo que siempre te acompaña en el camino.
Hoy se pocas cosas. Pero sé que la suma de todas están aquí escritas.

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