Calor

Mi amigo Juan es poeta. Lleva todo el verano escribiendo un poemario que se llama "calor", y por eso, este tramo del año, la palabra recorre mi cerebro de forma incesante, como sus poemas. También el otro día cuando papá me escribió ese mensaje feo sobre su amiga. Al día siguiente mientras me duchaba triste y hoy también cuando no entraba ni una brizna de aire por la ventana del trabajo.

Calor por las mañanas, por las tardes paseando con Lúa. Las noches donde descanso sola.

Las palabras de esos escritos me recorren de arriba a abajo sin que tengan ningún sentido para mí, más allá de esta situación que a veces me inquieta, me preocupa, y me desconcierta de vez en cuando. Como todo.

Hace calor en Madrid que es donde está Juan. También en Palencia, donde estoy yo. Y así nos conecta esta situación que ha articulado nuestra conversación escrita todo el verano mientras compartimos escritos por las tardes, unicamente. El resto del día no existe, reposa como si el cansancio se hubiera apoderado de las palabras, o las teclas del teléfono. Una conversación que parece una enredadera mientras se encoge, se reduce o a veces crece.

Hacía calor aquel día en la explanada de ese callejón, lejos de casa, donde dejamos el corazón y ha hecho tanto calor todo el verano en el que me siento revivir esas situaciones permanentemente. No hacía calor, sin embargo, cuando nos conocimos en la costa de la muerte cubiertos por la oscuridad de las estrellas en una caleta. Tampoco aquella noche tan divertida en que, con mi padre y hermanos, nos dimos un baño de perseidas en la cuesta que baja a la playa de los cristales, en la cuesta que baja del cementerio de Laxe donde ahora está mi querido tio Jesús, cubierto de estrellas y de la espuma blanca y translúcida de mar que hace de manto de todo.

Una conversación. Una sensación. Un poemario. Un único tema que sirve para explicar tantas cosas que han pasado este año, estos años, pero sobre todo una, el sostén que me ha recogido desde Junio. Los intercambios escuetos de información que me han hecho sentir menos sola. Aunque siga estando sola.

El calor, las olas, los recuerdos, el mar. Hoy todas las cosas parecen una sola y recuerdo todo.

El calor es una excusa para hablar del duelo. El calor de verdad es el que me queda dentro cuando pienso en la espina vertebral de 2026 que divide mi vida en dos grandes momentos temporales, antes y después de vosotros.


Vosotros no podéis sentir calor. Yo, a día de hoy, no siento nada más.




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