El verano huele a crema nivea
Por el caminito que conduce al lago de la parte de atrás de Juan Antonio Bardem huele a nivea. Hay un corrillo de gente tomando el sol al remanso de una sombrilla raída mientras charlan animadamente, pecho desnudo, piel morena y tranquilidad. La cascada de agua, suena como pequeñas campanillas mojadas y la calma es relajante. Hay una barquita en el puerto simulado que aparece a continuación. Quizá hoy haya casi cuarenta grados.
La perra recorre con sus patitas la acequia de enfrente mientras yo observo a los niños y adultos que reciben clases de tennis, justo del mismo modo que cuando yo era pequeña y me sumerjo en un pensamiento largo mientras caminamos. Nado entre recuerdos, como si fuera una piscina pantanosa. Sorteando los que no me gustan y volviendo a los demás con cuidado para que no se rompan. No sé de que material están hecho ños recuerdos pero seguro que es igual de delicado que el cristal.
Los veranos de mi niñez en la piscina olían igual y por eso el olor a nivea me devuelve a esos momentos. A las clases de tennis, a los chapuzones en la piscina olímpica, a los juegos bajo el puente y al calor soportable.
Pienso que los recuerdos son proyecciones momentaneas que nos permiten viajar en el tiempo y como éste no es lineal, son momentos que siguen estando aunque no los sintamos presentes. Nuestro cerebro es como una maquina del tiempo.
La perrita ladra y me devuelve a este instante. Sombrilla, nivea.
Soy la misma persona con distintos matices. Los años no son hacen crecer, casi al revés.

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